domingo, 8 de noviembre de 2015

Vidas en juego

Cada cierto tiempo vuelve el debate sobre la eutanasia, que entendida como “buena muerte” parece libre de toda sospecha. Pero una cosa es desear que la muerte, que irremediablemente llega a todo ser, sea buena (y podemos suponer que hay una opinión común sobre eso de buena) y otra cosa es poder elegir el momento en el que otro me ha de dar la muerte o, su recíproco, decidir el momento en el que otro debe morir.
Porque la eutanasia, al fin y al cabo, es esto último; es decir, procurar la muerte sin dolor (de aquí lo de buena) a quien sufre, bien a petición de éste o bien por considerar que su vida carece de la calidad mínima para que merezca el calificativo de digna. Se trata siempre de buscar la muerte de otro, no la propia. O de cooperar a ello porque lo pide el que quiere morir.
Y aquí se abren algunas posibles cuestiones a considerar: ¿la única “buena muerte” es la que no conlleva dolor?, ¿qué se entiende por calidad de vida o vida digna?, ¿quién establece los parámetros de esa calidad?, ¿puede la persona arrogarse el derecho de decidir su muerte?, ¿y la de otros?, ¿a quiénes autorizar para lograr esa muerte?, ¿pueden ser éstos obligados en contra de su voluntad?, … Preguntas que engordan un debate que acaba convirtiendo una cuestión de origen ético en una práctica médica con tintes burocráticos.
Un debate cargado de relativismo si se tienen en cuenta los tres motivos que, sobre todo, inspiran a aquellos que la promueven: la compasión, la libre decisión (“derecho a la propia muerte”) y el desprenderse de la carga de un tercero; aunque este último no suena bien en el diálogo social y político (doctor Hans Thomas). Un debate para el que, en este breve espacio, sólo quiero comentar algunos de sus posibles efectos sociales.
El profesor R. Spaemann escribe que si la eutanasia es un derecho tanto para un enfermo como para un hombre muy anciano, entonces, tras un determinado tiempo, este derecho se convierte en un deber moral, ya que el que tiene un derecho se hace responsable de ejercerlo o no. Como consecuencia, se siente responsable de todos los costes y fatigas que sus parientes y la sociedad habrán de sufragar para cuidarlo. De donde se sigue una presión moral por liberar a otros del propio peso y, por ende, la exigencia silenciosa de pedir la muerte.
Pero la presión no es sólo interna, sino también externa, de aquellos que no comprenden cómo teniendo el derecho a morir no lo ejerce, anteponiendo su vida a las “fatigas y costes” de los otros (parientes, personal sanitario y Hacienda). Y, es que, los defensores de la eutanasia conservan para sí el derecho a juzgar cuándo una vida es digna de ser vivida y cuándo no. Y esto sucede ya masivamente en Holanda donde aumentan los muertos sin consentimiento por lo que la gente mayor prefiere cruzar la frontera de Alemania para cualquier intervención quirúrgica o para incorporarse a residencias de ancianos por no sentirse segura en las holandesas. Ya lo decía hace años el cardiólogo holandés Richard Fenigsen: “mucha gente acepta que se deba negar el tratamiento a personas con minusvalías serias, a personas mayores e incluso a individuos sin familia”.
En una entrevista que R. Cohen-Almagor (Universidad de Hull, UK), concedió al MercatorNet, argumentó su cambio de opinión respecto a la eutanasia concluyendo que “la lección principal que hay que aprender de Bélgica y Holanda es que no hay que legalizar la eutanasia”. 
Según él, hay muchos casos de abusos. Abusos por parte de los médicos. La no declaración de casi la mitad de los casos. No calificar como eutanasia casos que sí lo son. Una sobreprotección de los médicos que la practican. Presión sobre los pacientes muertos por eutanasia para que donen sus órganos. Una zona gris en los cuidados al final de la vida entre los tratamientos administrados para aliviar el dolor, y los tratamientos dirigidos a acortar la vida. Falta de registros de las dosis de fármacos utilizados. Pacientes que son eutanasiados sin su petición explícita. La intención de incluir a nuevos grupos (cansados de vivir, niños, dementes)…
En fin, aprobar leyes para dar solución a casos extremos (que es como se suele presentar la necesidad de legalizar la eutanasia) lleva a trivializar la cuestión y, además,  a aplicarla por motivos cada vez más nimios. Y esto es bastante asombroso cuando hay vidas en juego.

lunes, 20 de julio de 2015

¡Ji, jí !

En un chiste de JM Nieto (ABC, 4.7.2015) aparece una de sus ratitas, arrodillada en un banco de iglesia, que reza ante la imagen del Crucificado. Aparece el dibujo como tomado desde detrás de la cruz, por lo que la ratita está mirando hacia arriba. Tres son los bocadillos que, aunque ininterrumpidos, muestran su pensamiento.
En el primero, aparece la exclamación propia del asombro que acompaña a todo descubrimiento. Es el “Eureka” arquimediano evolucionado en el tiempo: “¡Ji, jí; No me había dado cuenta!”. Hay moderación en la exclamación, es una auto-felicitación por lo bajini, es respeto por el lugar en el que está. El “ji-jí” es todo eso y más, todo mental y algo de mala leche. Como en el chiste del chino, “ya me culalé”. El “Eureka” de Arquímedes parece más inocente. Pero todo se arregla con el “No me había dado cuenta”. La felicidad del de Siracusa, de la que participa la ratita, carece de la humildad de esta. Tanto tiempo dando vueltas a lo mismo -parece decir- y sólo ahora, aquí, delante del Crucificado, en medio de mi oración, me he dado cuenta. Y, es que, a veces todo se soluciona mirando a lo alto. Cristo está elevado sobre una cruz y, desde lo alto, contempla todo detalle. Y cuando tú miras con Él, miras también desde lo alto, contemplas todo detalle.
El segundo, como en toda viñeta de prensa, hace relación a la actualidad. Es lo que ocupaba la cabeza de la ratita durante tanto tiempo. Es el argumento. El pasado hecho presente por las circunstancias. La intolerancia de la que se erige modelo de tolerancia. El sectarismo violento de la nueva casta. En este bocadillo se lee: “Los que entran en una capilla y gritan con odio creen que interrumpen la oración…”. La falta de respeto a lo sagrado, al pensamiento ajeno, los cristianos considerados como ciudadanos de segunda por aquellos que aborrecen de toda jerarquía. La blasfemia ante lo que más del 75% de españoles dice creer. El odio, y esto es muy fuerte. El odio con el que gritan. El sujeto de su odio, un ser al que le basta advertir un épsilon de amor (por pequeño que sea) para perdonar.  El lugar del odio. No hay lugar para ellos, no hay diferencias cualitativas entre los espacios. Se visten y desvisten –dirá el profesor Higinio Marín-, comen y descansan sin diferenciar el salón de la cocina, sus habitaciones del baño o los pasillos; entran o salen de clase sin modificar su compostura, su tono de voz, su conversación. Viven como si estuvieran solos. Actúan como si el otro no tuviera entidad e importancia suficiente.

Y, por fin, el desenlace. La idea feliz que hace exclamar “¡Ji, jí!”. La idea que proviene de la Cruz, que no es sólo un madero, sino que tiene rostro, que tiene a un Dios que te habla. La idea que transforma al chiste en un icono de caridad, a la ratita en un ser creíble, al lugar en un espacio más allá de lo común. La idea que soluciona todo, que es llave de toda puerta. La misma para el sacrilegio que para la persecución y asesinato de cristianos, la que da esperanza ante los nuevos dogmas sociales tan ajenos a la verdadera naturaleza humana, la que ante la falta de paz exterior permite la paz interior y, por ende, la felicidad. Pero, digamos ya que contiene ese tercer bocadillo. Digamos qué causa el “Eureka” evolucionado. Si el anterior terminaba con unos puntos suspensivos, este comienza del mismo modo y dice así: “…pero es la oración la que interrumpe los gritos de odio”. Es la Buena Noticia y yo no me atrevo a añadir nada más.

jueves, 2 de abril de 2015

Turín: encuentros inesperados

En Turín, frente a la residencia universitaria que habitaba, está la iglesia del Espíritu Santo. En mi primera visita estaba vacío el sagrario, así como la propia iglesia, lo que permitió que deambulara por ella hasta leer en una placa el nombre de Avogadro, famoso científico del siglo XIX que todo estudiante de química conoce, al menos, por el número que lleva su nombre. Me dio alegría descubrir que era un hombre de fe, porque me podía servir como ejemplo de buen entendimiento ante el pretendido enfrentamiento entre fe y ciencia.
Volví a ver su nombre en otra placa. Fue en una excursión a los Montes d´Oropa, también en el Piamonte. Visitábamos el santuario de la Madona negra, Reginae Montis Oropae, que allí se venera, cuando la descubrí.  Junto a la placa de Avogadro había otras, como la dedicada a Marconi, premio Nobel de Física en 1909, científico profundamente creyente, y la de Don Bosco, que tanto hizo por la educación de los niños pobres.
Allí, al pie de los Alpes, mi primera reflexión tuvo que ver con la contribución de los cristianos a la ciencia y la cultura. Así como a la falta de complejos de un pueblo -el italiano- que no duda en glorificar a aquellos grandes hombres que, independientemente de su religión o quizás por ella, contribuyeron al avance de toda una civilización. Todo lo contrario que en España, donde concejales ignorantes y hasta ministras -también ignorantes, pues no encuentro calificativo más bondadoso- pretendieron quitar de su pedestal a muchos de nuestros hombres insignes.
Pero, todavía fui más allá, remonté los siglos hasta llegar a la cuna de la civilización europea, calificando de necios a aquellos que niegan sus raíces cristianas. Que la Madonna me perdone, me dije, pero tengo a mi favor que negar las evidencias, así como renegar de la propia historia, es de necios. Y eso hizo la mayoría de aquellos eurodiputados que redactaron aquella primera constitución de la Unión Europea que silencia cualquier rastro de cristianismo en su origen. Por suerte, aquella constitución -y no el cristianismo- quedó en el olvido. Aunque tal como están las cosas no debe extrañarnos que vuelva a ser propuesta.
Volvamos a Turín, no para hacer propaganda de esta egregia ciudad del Piamonte, sino porque todavía iba a depararme alguna sorpresa más. Esta vez fue en sus calles. Porque al menos dos de sus vías llevan el nombre de matemáticos famosos, también hombres de fe, que mis estudiantes conocen por teoremas vistos en clase. Ellos son Lagrange (+1813), cuya estatua adorna una de las plazas y da nombre a una de sus vías principales, y Bolzano (sacerdote católico fallecido en 1848; aunque también pudiera referirse a la ciudad italiana de Bolzano). Otra vez, creyentes que tienen a la ciencia como pedestal.
No sé si esto que cuento es significativo para usted -querido lector-, pero sí lo es para mí. No es que yo crea porque haya científicos que creen, pero se habla mucho de que la fe puede ser un obstáculo para el progreso científico y me encanta descubrir ejemplos que contradicen esta afirmación. La enumeración de científicos creyentes podría llenar muchas páginas, pero no es el objetivo de estas letrillas. Tampoco hace falta decir que en tal relación figurarían muchos científicos de nuestro siglo, pues sólo pretendo narrar aquí el entusiasmo que sentí ante unos encuentros inesperados. Quizás, hasta haya alguien que pueda sentir lo mismo que yo.
Pero todavía quedaban algunos personajes más. Fue en la vía Garibaldi, frente a la iglesia de san Dalmacio mártir, donde una amiga -agnóstica- me recomendó ver los monumentos a la caridad. Hay tres -dijo-, son los edificios del Cottolengo, de don Bosco y de la Marquesa de Barolo. Y la forma en que lo dijo, como orgullosa de ellos, me asombró. La realidad derrite toda ideología.
No llegué a verlos, mi espacio se movía en torno al Convitto Umberto Primo, próximo a las tiendas de la Juve y el Torino -que sí visité-, pero aprendí que esos insignes modelos de caridad social para discapacitados que son los cottolengos tuvieron su origen en Turín por obra de san José Benito Cottolengo, también en el siglo XIX, ( …).
Pensé, de nuevo, en la inmensa labor social que ha hecho la Iglesia por medio de sus fieles y en el cariño con el que los turineses lo reconocen. Y pensé también en España, …, que la Madonna me perdone. 

viernes, 20 de marzo de 2015

Anhelos de felicidad

¿Cuántas veces hemos oído decir a padres y madres que lo que quieren es la felicidad para sus hijos?, ¿cuántas, nosotros mismos, lo hemos repetido? Quiero que mi hijo sea feliz, hemos dicho. Incluso se lo decimos a ellos: hijo mío, lo importante es que seas feliz. Y, es que, como ha dicho alguna madre: “cuando tú los ves bien a ellos, tú estás bien también”.
Aunque, por lo general, no parece necesario recordarles que deben ser felices, pues algunos dan la impresión de que pasan buena parte del día buscando su felicidad (que es una de las formas de no encontrarla). De manera que casi se puede afirmar que la necesidad de recordarlo es motivada por alguna situación concreta en la que les vemos perderse en la infelicidad o intuimos que están a sus puertas. Les vemos sufrir por circunstancias que, con la perspectiva de un adulto, son motivos menores. Pero, ¿cómo les explicamos que son naderías? Les vemos tomar decisiones que no conducen a buen puerto. Pero, ¿cómo convencerles de ello o cuál es la base sobre la que construir los argumentos?
El hecho de que una madre o un padre sea feliz viendo felices a sus hijos da que pensar. Parece que la felicidad no tiene, necesariamente, raíces materiales. Los padres no se alegran porque reciban algo material sino por ver felices a sus hijos. Ver, esta es la palabra. Aunque quizás sea más propia la palabra contemplar, que es algo más que ver, es un mirar pensante.  Ahora bien, ¿qué es lo que ven los padres para entender que sus hijos son felices? Evidentemente, no puede ser algo solamente material, pues no es lo material lo que a ellos les hace felices. Sólo podemos intuir que debe ser algo enseñado y vivido en el hogar.
Los hijos son, a la vez, testigos y jueces implacables de los padres. Intentarles argumentar sobre la felicidad cuando el modelo que han conocido está relacionado con la seguridad y el bienestar, aderezado con un poco de “pasarlo bien” (algo que nunca se sabe qué es), resulta difícil cuando falla alguna de estas condiciones. La felicidad, a diferencia de la diversión, no se puede comprar y no tiene vigilantes en su puerta que impidan el paso de aquellos que la quieren robar.
En Locos Egregios, Vallejo-Nájera ponía en boca de Abderramán III: “No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. Y en esta situación he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce”. ¡Catorce días en cincuenta años de reinado! Se entiende que concluya: “hombre, no cifres tus anhelos en el mundo terreno”. También la actual crisis económica ha descalificado el bienestar como clave de la felicidad. Y, en cuanto a la seguridad, basta recordar el Teorema de la Seguridad Absoluta (No te tomes tan en serio la vida, al fin y al cabo no saldrás vivo de ella) para reírnos de lo que ella aporta.
La felicidad no es pues algo sencillo de obtener, ni se compra ni se fabrica. Quizás sea este el motivo por el que se han escrito tantos libros y tratados sobre ella. Se esconde en lo más íntimo del hombre y tiene mucho que ver con la libertad. De hecho, su contrario -la infelicidad- crece con facilidad en el ambiente propiciado por concepto de libertad que es común hoy. Se insiste mucho en la capacidad de decidir, pero poco en la capacidad de aceptar. La libertad como capacidad para decidir debe ir unida a la capacidad de aceptar las consecuencias de cada decisión. Sin esta segunda parte, el mundo se llenará de infelices.
Pero no basta con aceptar las consecuencias de las propias decisiones, también hay que encajar las consecuencias de las decisiones ajenas. La enfermedad, entre otras. Lo que hace pensar que el meollo de la felicidad quizás no esté donde tan afanosamente lo buscan algunos.
No sé cómo enseñamos a nuestros hijos a ser felices, pero por la infelicidad de algunos de los jóvenes que conozco deduzco que algunos han olvidado hablarles sobre lo esencial. La voluntad de Dios. Y, al olvidarlo, están limitando su libertad ya que será difícil que recurran a él. Y, sin embargo, ese anhelo de felicidad perdurará siempre. Pero siempre lejano porque nadie les dijo: “No lo olviden: la voluntad de Dios es nuestra felicidad” (Papa Francisco). 

domingo, 28 de diciembre de 2014

Cristianos perseguidos y asesinados

Está claro que si los cristianos no hablamos de nuestros hermanos perseguidos y asesinados no lo hará nadie. Por eso no quiero acabar el año sin un recuerdo hacia ellos. Un recuerdo extensivo también hacia aquellos hombres, mujeres y niños que por motivos de raza o religión sufren la falta de libertad, el dolor de la persecución e, incluso, la muerte.
De manera especial, fijo mi atención en aquellos cristianos de Oriente Medio que desde hace veinte siglos pueblan aquellas tierras. Cristianos que en el decir de Mons. Amel Nona (obispo caldeo de Mosul, sucesor de Mons. Paulos Faraj, secuestrado y asesinado en 2008 por radicales islamistas), tenían la importante y bella misión de “educar a los demás, a la sociedad, en los principios y en los valores de la vida”. Una misión que desde el Líbano a Siria, Irak y Pakistán, kilómetro a kilómetro, se hacía menos pública, pero no por ello menos eficaz.
Consciente de que nada de lo que pueda escribir tendrá la fuerza y profundidad de las palabras con las que el Papa Francisco recuerda la inhumana persecución que sufren estos cristianos y con las que, a su vez, les exhorta a permanecer en la Fe poniéndolos como ejemplo de vida para el resto de los cristianos, no puedo por ello dejar de hacerlo aunque sólo sea porque los protagonistas in situ claman a sus hermanos de Occidente que no se olviden de ellos, tanto en lo material, como en lo espiritual.  
Recojo aquí esta llamada que lanzan, en el mejor de los casos, desde algún campo de refugiados circundado por la hambruna, la enfermedad infecciosa y el bombardeo del Estado Islámico. Traigo aquí el último estertor de ese cristiano (mujer, hombre o niño) abatido por un disparo en la nuca a manos de un fundamentalista islámico. El dolor de la mujer violada. El desconcierto y desesperación que supone sufrir una injusticia y ver que los que deben defenderlos se camuflan bajo dialécticas incomprensibles. Recojo aquí los villancicos de Navidad con los que, a pesar de los pesares, estos cristianos siguen alabando al Dios hecho hombre. Recojo sus miedos, junto a la sonrisa de esos niños y niñas que en medio de tanta brutalidad siguen afincados en la verdadera esperanza. Recojo sus oraciones y, mientras escribo, me uno a ellas. Traigo también aquí sus necesidades materiales, alimentos y medicinas, y tomo nota de la cuenta corriente de alguna organización que tiene la valentía de proporcionárselas.
La vida es un don, como lo es la vida en Cristo. Regalos de inmenso valor que Occidente ya no sabe apreciar. La ternura del Niño de Belén, que celebramos los cristianos en estos días, eleva estos dones a lo más alto. Nacer para vivir en Cristo es la más alta de las cimas y la única que vale la pena. Una Buena Noticia que debe ser dada a conocer por toda la Tierra. Todo lo demás es secundario. Y esta es la lección que nos enseñan nuestros hermanos, los cristianos perseguidos y asesinados en Oriente Medio.
Sin olvidar que su presencia en aquellas tierras es bueno tanto para aquellos que conviven con ellos, como para los que estamos más lejos, pues aunque puedan parecer un grano de mostaza, que es la más pequeña de todas las semillas, su fidelidad les convierte en un inmenso árbol al que los pájaros del cielo vienen a cobijarse en sus ramas. Occidente y Oriente Medio son esos pájaros necesitados de cobijo. Las ramas en las que se cobijan no son otras que la sangre de Cristo y de sus mártires

viernes, 12 de diciembre de 2014

Basta un viaje de diez metros

Cuando el director miró la pizarra, adivinó de inmediato que aquel maestro ya no estaba para dar clases (ya no era apto para la docencia, se dijo). Que aceptara como buenas aquellas sumas: 1+1=10, 11+1=100 y 101+1=110, confirmaba lo que le habían dicho, que ese maestro ya no enseñaba nada bueno. Así que decidió jubilarlo y darle cita para la cuarta planta del Perpetuo (psiquiatría).
Si el director no hubiera ido tan predispuesto (pero le habían dicho que el maestro chocheaba) o se hubiera parado a pensar en lo que estaba escrito (pero, según sus conocimientos, ¡eran tan evidentes los errores!) o hubiera preguntado qué es lo que estaban haciendo (pero no compensaba dialogar con alguien tan equivocado), habría advertido que estaban trabajando con números en base dos, cuya álgebra es el sostén de la Informática. Así que aquel maestro no sólo enseñaba sino que, además, estaba profundizando.
Que perdonen mis amigos directores porque ni actúan así, ni tienen potestad para ello, pero este supuesto me sirve para plantear gráficamente algo de lo que sucede en nuestro siglo: unos pocos crean una corriente de opinión como la única posible, la imponen mediante un pensamiento débil y califican de monstruos a aquellos que no piensan igual. Corriente de opinión a la que se suma el interés económico de lobbies con influencia mediática, que controlan diversas instituciones universales en las que no puede o no quiere participar la gente común. Error, grave error de esta gente común, pues al final no tiene más remedio que optar entre practicar en público lo que no comparte en privado o sufrir descalificaciones que le impide participar en la vida pública. Es posible que esto haya sido siempre así pero, en un tiempo que tanto presume de libertades y tolerancia, conviene enfatizar que lo sigue siendo.
Unamuno describía así una situación análoga: “nada irrita tanto al jacobino como el que alguien se le escape de sus casillas; acaba por cobrar odio al que no se pliega a sus clasificaciones, diputándole de loco e hipócrita”. Y Marañón apuntaba la posible solución: “cada ser humano será tanto más útil a la sociedad de que forma parte cuanto más fuerte sea su personalidad”. Y animaba a construirla, ya en la época de la juventud, sobre moldes inmutables.
Esa corriente de opinión (expresión de “gelatinosas ideologías débiles”, según Claudio Magris) que, sibilinamente y de manera intransigente se apodera hoy de la sociedad, pretende crear un hombre nuevo (cuando no hay nada nuevo bajo el sol), una nueva antropología que descuartiza la anterior, la de raíz greco-cristiana, sin dejar miembro sano.
Todo lo altera, desde el embrión humano hasta la ancianidad, pasando por la invención de nuevos sexos y la reducción del amor a la sexualidad, la destrucción del concepto tradicional de matrimonio y de familia o de maternidad y paternidad, la domesticación que sustituye a la educación, la voluntad de las masas en lugar de la verdad, la obcecación por negar toda trascendencia, la miopía ante el mundo espiritual, …, nada se salva. Un clima de opinión caracterizado por el relativismo, el individualismo y la desconfianza en el ser humano. Pero, sobre todo, por la ausencia de moralidad. Nada es bueno o malo, nada hay inmutable. Se pierde así toda referencia, lo que explica que “acaso nunca [como en este tiempo] hayamos estado tan desconcertados respecto a ciertas cuestiones básicas” (M. Vargas Llosa)
Nada más cierto que “nuestra herencia no viene precedida por ningún testamento” (Renè Char), que cada generación debe volver a esforzarse por mantener lo que es bueno, bello y verdadero; así como extirpar lo que no corresponde al ser humano. Pero, para hacerlo, no hay que pasarse al reverso. Se necesita conservar las raíces que llevaron a decidir que hay algo que se debe cambiar. Y en el reverso no se sustentan las raíces, quedan al aire, se secan.
No hay que dar, pues, tantas vueltas, basta con un viaje de diez metros. Y digo “Un viaje de diez metros” porque en esa novelita llevada al cine es fácil entender lo que no quieren ver esos descuartizadores (deconstructores): “Se debe cambiar con los tiempos, pero de una manera que renueve su esencia, no que la abandone”; “debemos luchar por permanecer en contacto con nuestro patrimonio, con quiénes somos, sobre todo en estos tiempos modernos tan frenéticos, …. Cambiar, sí, pero del modo en el que los grandes actores se transforman: agitando el exterior desde la esencia”.

De eso se trata, de agitar el exterior desde la esencia. Así lo hacía nuestro maestro con los sistemas de numeración y así debe hacerlo quien tenga inquietudes sociales. Permanecer en contacto con nuestro patrimonio a pesar de los nuevos jacobinos.

sábado, 13 de septiembre de 2014

¿Despertaremos?...¡Despertaremos!

“Antes de la guerra era siempre verano”, escribió Orwell. Y, es que, la Primera Guerra Mundial despertó a muchos de su sueño romántico. Supuso “el colapso de todo mi mundo”, dirá Tolkien. Porque la paz con la que se cerró ya no fue la misma paz. Y mientras los vencedores se repartían los despojos del vencido, dejaron hacer en la casa del humillado. No supieron o no quisieron ver las consecuencias de lo que se estaba gestando allí, Hasta que llegó la Segunda Guerra, que a toda una generación pareció que iba a ser la guerra más inhumana, la más execrable. Sólo tendríamos que esperar a ver televisadas las de Biafra, Camboya, Vietnam,…, para aprender que la bestialidad está presente en toda guerra.
Ahora, después de cien años de la Gran Guerra, la historia se repite. En África, en Oriente Medio, en Europa,… También la bestialidad se repite, también, hasta tal punto que parece “superar la imaginación más febril” (monseñor Louis Sako, Patriarca de los Caldeos). Y no es necesario que detallemos esta bestialidad, pues es de sobra conocida por medio de la prensa y televisión, aunque sí podríamos analizar a qué se debe. Yo aporto que más que una enfermedad parece un síntoma. Y me pregunto si podrá despertarnos de ese sueño apacible en el que vivimos y que tan bien describe el interrogante “¿qué hay de lo mío?”.
Pero, aunque la historia se repita y la guerra parezca ser lo ordinario de la raza humana (¿inhumana?), hay algo en estas de África, Siria o Iraq que los medios de comunicación pasan por alto o pronuncian en voz baja. Se trata del hecho de que hay hombres, mujeres y niños que prefieren morir que perder su fe religiosa. Toda una bofetada a una sociedad que podría ser definida mediante la exclamación “¡no es para tanto!” o esa otra de “¡siempre habrá una alternativa!”. Pero, ¿y si no la hay? ¿Qué pasa si la única alternativa es renegar de la fe? No es que te encañonan y te dicen “la bolsa o la vida”, sino que te encañonan o encañonan a tu hijo y te dicen “la fe o la vida”. Y me acuerdo de aquel misionero javeriano, don Mario, que en una visita a España nos decía: “a los cristianos de aquí les falta sentir el riesgo que supone vivir en cristiano”. ¡Qué bien lo sabía!

Es cierto que para la mayoría de nosotros la exigencia de la fe se muestra en las cosas ordinarias, en el día a día. Pero los que en estos días sufren por causa de la fe nos recuerdan que el listón de la exigencia quizás pueda ponerse un poco más alto. Y no por masoquismo, sino porque vale la pena, llevamos un gran tesoro en vasijas de barro. El ejemplo de estos nuevos mártires nos exige también, con palabras del Papa Francisco, ser instrumentos de pacificación (no de pacifismo) y testimonios creíbles de una vida reconciliada. Tenemos en nuestras manos el que siempre sea verano.