Siempre
he guardado prevención ante la afirmación “haz lo que te dicte tu corazón”,
quizás porque los que la pronunciaban estaban faltos de doctrina, reduciendo el
amor a mero sentimentalismo. Y sin advertirlo estaba identificando amor con
corazón. O, más bien, amor desordenado, en el que el afecto prima sobre la
inteligencia y la voluntad, con corazón. Lamentablemente, estaba degradando el
corazón. Quizás, en algún caso concreto, no iba descaminado al interpretar a mi
interlocutor, pero erraba al generalizar.
Además,
la afirmación tiene entraña evangélica, ya desde el Antiguo Testamento, y no
podía ser obviada. Los Salmos están llenos de referencias al corazón, también san
Pablo dice que “cada uno actúe según determinó su corazón” (2Cor 9,7), y
Jesucristo lo menciona muchas veces, como cuando dice a los fariseos “porque
de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12, 34b). En consecuencia,
era una simpleza despachar sin más lo que viene del corazón.
Podía
justificarme diciendo que la desvalorización del corazón viene de lejos: se encuentra
ya en el racionalismo griego y precristiano, en el idealismo postcristiano y en
el materialismo en sus diversas formas. De hecho, el corazón no ha tenido un
lugar propio en el gran pensamiento filosófico; siempre ha colocado a la razón,
la voluntad o la libertad por encima del corazón. Como si la noción de corazón le
resultara extraña.
Ahora
bien, en lugar de averiguar las razones de esta actitud de los filósofos,
preferí centrarme en conocer el corazón, lo que se decía de él. Después de
algunas lecturas, conseguí clarificarme al leer “El corazón” de Dietrich Von
Hildebrand. Allí se desmenuzan los motivos por los que Corazón de Jesús es
objeto de una devoción especial, y no su entendimiento ni su voluntad. Centrado
ya en el Corazón de Cristo, volví a leer las homilías de san Josemaría sobre el
Sagrado Corazón y el Cuerpo de Cristo. Pasé así del “corazón” al Sagrado
Corazón, lo que acentuó mi error de partida, a la vez que lo reconducía. Llegando
a la encíclica “Dilexit nos” (Nos amó) del Papa Francisco, en la que
como sucesor de Pedro devuelve a la actualidad un camino insinuado por Dios
Padre Creador desde hace siglos: la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
El corazón
Para entender correctamente el significado de
expresiones tales como “habla desde el corazón”, “actúa con corazón” o “escucha
a tu corazón”, es necesario saber qué hay en él.
Anatómicamente, el corazón es un músculo vital. Situado
en el centro del cuerpo, su buen funcionamiento es vida. Análogamente, como el
ser humano es un mundo anímico corpóreo, hay algo que da sentido y orientación a
todo lo que vive la persona. Algo que está en su centro, no material, que anima
y unifica todo, al que también llamamos corazón. Y a él nos referimos cuando
decimos “habla desde el corazón” o “actúa con corazón”.
El corazón del que hablamos es pues “como el resumen
y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las
palabras, de las acciones”. “No sólo siente, sino que también sabe y entiende”.
La realidad captada con el corazón es la que se conoce mejor y más plenamente. Por
eso, las preguntas decisivas de la vida nos llevan a él.
Es el
lugar de la sinceridad, al que no se puede engañar ni disimular. En él no hay apariencia
o mentira, todo es auténtico, real, enteramente “propio”. En él somos nosotros
mismos. En él se hallan las verdaderas intenciones, lo que uno realmente
piensa, cree y quiere, los “secretos” que a nadie dice y, en definitiva, la
propia verdad desnuda.
Además,
es el que unifica y armoniza la historia personal. A igual que María, que “guardaba
cuidadosamente todo en el corazón” (Lc 2,51), el corazón conserva no sólo
“la escena” que ve, sino también lo que no entiende todavía y aun así permanece
presente y vivo, en la espera de unirlo todo.
Por
último, también “es el corazón el que crea las posibilidades de encuentro. Por
el corazón estoy yo al lado del otro y otro está cerca de mí. Sólo el corazón
puede acoger y dar un hogar” (Guardini). Es, por tanto, origen de fraternidad,
creador de sociedad humana. Y el lugar donde Cristo coloca el celo apostólico.
Como se
ve, no todos los” asuntos del corazón” están relacionados con la afectividad,
aunque sí con el amor, como veremos. Porque para amar bien se necesita un
corazón grande, en el sentido de “manso y humilde”, como el de Jesús (Mt 11,29).
Recuperar el corazón
Visto
el papel del corazón, su riqueza potencial, se entiende que el Concilio
Vaticano II invitara a volver al corazón, a recuperarlo. En él se afirma que «los
desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro
desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano».
Juan
Pablo II, ante los modelos de comportamiento difundidos en la sociedad actual
que tan solo aúpan su dimensión racional-tecnológica o, por el contrario, su
dimensión instintiva, veía al hombre contemporáneo «trastornado, dividido, casi
privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su
obrar». Y advertía al ser humano sobre el riesgo que corría «de perder su
centro, el centro de sí mismo».
El Papa
Francisco, sorprendido porque lo más íntimo fuera también lo más lejano a
nuestro conocimiento, habla de falta de corazón, y anima a madurarlo y
cuidarlo, calificando de “anti-corazón” a una sociedad cada vez más dominada
por el narcisismo y la autorreferencia.
Sin el
corazón, perdemos las respuestas que la sola inteligencia no puede dar, porque para
salvar lo humano también se necesita la poesía y el amor. Todos esos pequeños detalles, lo
ordinario-extraordinario, que nunca podrán estar entre los algoritmos.
Perdemos
la historia y nuestras historias, porque la verdadera aventura personal es la
que se construye desde el corazón. Ese momento de la infancia que se recuerda
con ternura y que, aunque pasen los años, sigue ocurriendo en cada rincón del
planeta.
De
hecho, los algoritmos del mundo digital muestran que nuestros pensamientos y lo
que decide la voluntad son bastante “estándar”. Son fácilmente predecibles y
manipulables. No así el corazón.
Por
eso, sigue diciendo el Papa Francisco, necesitamos que todas las acciones se
pongan bajo el “dominio político” del corazón. Que la inteligencia se ponga a
su servicio sintiendo y gustando las verdades más que queriendo dominarlas; que
la voluntad desee el bien mayor que el corazón conoce; que la imaginación y los
sentimientos se dejen moderar por el latido del corazón.
Pero,
ojo, esto no significa confiar excesivamente en nosotros mismos. Tengamos
cuidado: advirtamos que nuestro corazón no es autosuficiente; es frágil y está
herido. Tiene una dignidad ontológica, pero al mismo tiempo debe buscar una
vida más digna. Y para vivir conforme a esa dignidad no nos basta conocer
el Evangelio ni cumplir mecánicamente lo que nos manda. Necesitamos el auxilio
del amor divino.
Dios,
escrutador de corazones, aguarda al hombre en el interior de su corazón; así,
bajo su mirada, el hombre decide su propio destino. Y estar a la altura de su Presencia
es lo único que puede ayudarnos a decidir bien. Con el corazón centrado en Él,
todas las impresiones externas encuentran donde agarrarse.
Del amor de Jesucristo.
Gracias
a Jesús «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído» en
ese amor (1 Jn 4,16). De hecho, «la revelación del amor misericordioso del
Padre ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del
Hombre». Por medio de la gracia del Espíritu Santo, el amor de Dios Hijo
manifiesta el amor de Dios Padre. Cristo clavado en la cruz es la palabra de
amor más elocuente. «En esto conocemos el amor, en que él dio su vida por
nosotros» (1 Jn 3,16).
Sin
embargo, cuando san Pablo buscaba las palabras justas para explicar su relación
con Cristo, y esta es una idea que quería resaltar de la encíclica, dijo: «Me
amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Fíjate que primero escribe “me
amó” y luego “se entregó por mí”, como si su mayor convicción fuera saberse
amado. La entrega de Cristo en la cruz lo subyugaba, pero sólo tenía
sentido porque había algo más grande todavía que esa entrega: «Me amó». Pablo,
tocado por el Espíritu, fue capaz de mirar más allá y de maravillarse por lo
más grande y fundamental: «Me amó». Con un amor del que nada «podrá separarnos»
(Rom 8,39) pues «el amor viene de Dios» (1 Jn 4,7). Y si nosotros
somos capaces de amar es «porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19).
La devoción al Sagrado Corazón de
Jesús
Como vemos,
Jesús nos precede y nos espera sin condiciones, sin exigir un requisito previo
para poder amarnos y proponernos su amistad: «nos amó primero» (1 Jn 4,10).
Y los hombres, tan necesitados de apoyo material, buscamos ese amor en su
corazón, su centro personal, visible a través de la llaga abierta en su costado
por la lanzada.
Así
comienza la devoción al Corazón de Cristo que no es el culto a un órgano
separado de la persona de Jesús. Se toma al corazón de carne como imagen o
signo privilegiado del centro más íntimo del Hijo, «símbolo natural de su
inmensa caridad». Pero no lo adoramos aisladamente, sino que cualquier acto de
amor o adoración a su Corazón en realidad «se ofrece propia y verdaderamente al
mismo Cristo». No nos separa o distrae de Jesucristo y de su amor, sino que nos
orienta a él y sólo a él, que nos llama a una preciosa amistad hecha de
diálogo, afecto, confianza y adoración.
Ante la
imagen de su corazón de carne entendemos que su amor como Hijo de Dios es
inseparable de su amor humano. Mirando su corazón nos situamos frente a Cristo
y, ante él, «el amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en
silencio». No se necesita una devoción más abstracta o estilizada. Esta
espiritualidad práctica, fruto de la religiosidad popular, revela a un Dios que
se hace cercano, y alimenta la imaginación y el corazón, el amor y la ternura
para con Cristo, la esperanza y la memoria, el deseo y la nostalgia.
La
imagen del Corazón del Señor deslumbra porque contiene un triple amor: el amor
divino infinito, el amor espiritual de su humanidad símbolo infundido en su
alma por su ardiente caridad y, finalmente, su amor sensible. Estos tres amores
actúan y se expresan juntos y en un constante flujo de vida.
Pero es
«a la luz de la fe -en Cristo están unidas la naturaleza humana y la naturaleza
divina- como nuestra mente se torna idónea para concebir los estrechísimos
vínculos que existen entre el amor sensible del corazón físico de Jesús y su
doble amor espiritual, el humano y el divino». O, con otras palabras, llegando
a lo más íntimo de ese Corazón, y precisamente en su amor humano, y no
apartándonos de él, encontramos su amor divino; encontramos «lo infinito en lo
finito», en expresión de Benedicto XVI.
Concluimos
entonces que ante el Corazón de Cristo «la actitud más adecuada es depositar la
confianza del corazón fuera de nosotros mismos: en la infinita misericordia de
un Dios que ama sin límites y que lo ha dado todo en la Cruz de Jesucristo».
Por eso
la oración más popular, dirigida como un dardo al Corazón de Cristo, dice
simplemente: «En Ti confío». Dios nos ama y la única respuesta del hombre
es: «En Ti confío». No hacen falta más palabras. Tampoco es nada nuevo, ya lo profetizó
Jeremías: “Dichoso el hombre que confía en el Señor, y pone su confianza en él”
(Jer 17,7).
Un propósito práctico
No quiero acabar sin mencionar un modo concreto de
reparar al Corazón de Jesús que va más allá del mero consuelo, y que el Papa
Francisco explica muy bien. Se trata de la “reparación” entendida como liberar
los obstáculos que ponemos a la expansión de Cristo en el mundo. Permitir que
se difunda el amor infinito del Señor, porque eso le hace feliz.
Quiere esto decir, que no basta con dejar entrar la
belleza del Corazón de Cristo en nuestro corazón a través de una confianza
total, sino que también debemos hacerla llegar a través de nuestra propia vida
a los demás y, así, transformar el mundo. Que debemos descubrir la dimensión
misionera de nuestro amor al Corazón de Cristo. Comunicar a todos los
inagotables tesoros de Cristo.


