domingo, 31 de mayo de 2026

Adviento en la montaña

 


             Sé muy poco de la vida de Benedikt. ¿Quién es Benedikt? El protagonista del relato Adviento en la montaña, de Gunnar Gunnarsson (1889-1975). Y, sin embargo, me resulta atractivo. Ha bastado conocer su aventura para calificarlo como hombre ejemplar. No vayan a pensar que existió realmente, es tan solo un personaje de ficción. Pero el autor lo describe tan comprometido con la vida que es difícil no admirarlo.

Cuando pienso en él, me ronda la palabra héroe. También las palabras fortaleza, templanza, prudencia y justicia. Es un héroe por las virtudes que atesora. Reconozco, no obstante, que es un hombre solitario, parco en palabras, pero generoso, educado y correcto. Precavido, paciente y metódico. Pero es, sencillamente, un hombre. Desde luego que cada uno es como es, y no pretendo ponerlo como modelo, me bastaría con que admitan que es un ejemplo de trabajador responsable, esforzado y silencioso.  

¿Su oficio? Es granjero.  Un granjero de Islandia que, cada año, se pone en camino el primer Domingo de Adviento atraído por una obligación de conciencia: rescatar las ovejas perdidas y dispersas en la montaña helada antes de que perezcan cubiertas de nieve. “Tormentas, nieve y camino al raso”, así cantará nuestro héroe. Y en su interior resonará la presencia del tiempo litúrgico, con sus fiestas, como la de la Inmaculada.

He dicho que es un hombre solitario, lo dije porque sin persona alguna intentará llevar a cabo su misión. ¿La cumplirá? No quiero hacer espóiler. Pero tiene compañía, va acompañado de un perro, León, el papa de los perros, como él le llama, y Recio, el carnero manso capaz de guiar un rebaño. Juntos, recorrerán granjas dispersas y medio sumergidas en la nieve hasta llegar a la montaña, a su glaciar. Entre medias, con una temperatura de treinta grados bajo cero, mostrará una determinada determinación de cumplir su misión siendo, incluso, capaz de compatibilizarla con algunos servicios particulares solicitados por los granjeros que va encontrando en su camino.

No es de extrañar, pues, que algunos hijos de esos granjeros deseen imitarle. Pero ¿volverán a verle? Lleva veintisiete años realizando este trabajo, tiene ahora cincuentaicuatro, es ya mayor, dicen. “Veintisiete veces había caminado de granja en granja hasta los confines de lo habitado en el primer Domingo de Adviento”. Y aún seguía contemplando “con la vista aquellas tierras y las grababa en su corazón”. Ya sus sueños de los primeros años quedaban lejanos, “aquellos sueños que sólo él y Dios conocían”.  

En fin, es la historia de un hombre con los pies en la tierra, una tierra cubierta de nieve, y la cabeza en el Cielo. ¿Verdad que no se ven muchos de ellos a nuestro alrededor?

                 

viernes, 26 de diciembre de 2025

LA REALIDAD INVISIBLE

 

            No toda la realidad es visible a nuestros ojos. Hay una parte invisible para ellos. Los científicos nos ayudan a ver algo más. Los filósofos preguntan por ella. Los teólogos amplían su visibilidad. Pero sólo Cristo, con su revelación, nos la muestra toda entera.

            En estos días vemos un niño en un pesebre, pero no vemos lo invisible del Niño. Lo invisible de ese Niño es que es Dios. El Niño que vemos es el Dios que no ven los ojos de la cara.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

La fe de Tolkien

 


 

                Ciento veintiún años después de la conversión de Tolkien, Navidad de 1903, he leído el libro “La fe de Tolkien”, de la escritora norteamericana Holly Ordway. Y quisiera recomendarlo. No es una biografía al uso, es una biografía espiritual que partiendo de sus propias palabras, su correspondencia privada, entrevistas y testimonios con familiares y amistades, a las que se suman retazos que aparecieron ya en algunas de sus biografías, presta atención a lo que la fe significó para Tolkien. No es un libro sólo para creyentes, es un libro para todos aquellos que encontraron en su literatura esa esperanza clara, luminosa, que tanto se echa en falta. Conocer la verdad que apoya esa esperanza es acercarse a las raíces de este académico que veía más allá de los muros del mundo.

                El planteamiento de Holly Ordway es inteligente. Plantea las cuestiones para que todos, creyentes o no, entiendan su significado. Lleva en paralelo el desarrollo de los acontecimientos principales de la vida de Tolkien junto a la evolución del catolicismo en Inglaterra, explicando detalles que ayudan a comprender que no le resultó cómodo ser un católico converso en la Inglaterra del siglo XX. Hombre piadoso al que no le gustaba pasar como beato, rezaba frecuentemente el rosario. Hombre de oración que llegó a afirmar que “en muchas ocasiones se le había otorgado una historia como respuesta a una plegaria”.

                Tolkien recibió la mayor parte de su formación espiritual en casa, por boca y ejemplo de su madre. Completó esta formación con los oratorianos del Oratorio de Birmingham y estuvo atendido constantemente por el padre Francis Morgan, su tutor tras la muerte de su madre, quien fue a su vez secretario del cardenal Newman, hoy san John Henry Newman.

                Holly Ordway deja muy clara su devoción a los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la confesión, su dedicación diaria a la oración, así como sus oraciones preferidas. Dando a entender que su vida es incomprensible sin tener presente su fe. Y, más aún, parece que su obra no se puede entender sin esa fe. De hecho, el libro está salpicado de referencias que la relacionan con diversos pasajes de sus obras. Una fe que se manifestaba constantemente en el trato con sus amigos, a los que Ordway dedica algunos capítulos, de manera singular a su amistad con C. S. Lewis a quien llevará de vuelta a Dios, al hogar. Y que permitió que su éxito no se le subiera nunca a la cabeza. Ordway también destacará su devoción a la Inmaculada Concepción, su cariño a san Felipe de Neri, santo Tomás Moro o a Chesterton, entre otros.

                Su noviazgo, el amor a su esposa, el significado del matrimonio y el trato con sus hijos y familiares, llena también buena parte del libro. Así como su lealtad a la Iglesia, manifestada de modo concreto tras las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II. No olvidemos que, al igual que la propia autora, Tolkien fue un converso que no tuvo reparos en hacer presencia pública de su fe. Era conocido como católico en el ambiente universitario. Y tuvo trato con personajes célebres como Ronald Knox o Hilaire Belloc.

                Resumiendo, Holly Ordway describe a un profesor y académico cristiano católico que disfrutó con sus amigos, con sus creaciones literarias (casi un hobbit salvo por el tamaño), que tuvo que pasar por muchas penalidades (la orfandad y las dos guerras mundiales con sus consecuencias, entre otras), pero que fue capaz de vivir en presencia de Dios, aún en sus años tibios, siempre agradecido “por haber sido educado (desde los ocho años) en una fe que me ha nutrido y me ha enseñado lo poco que sé”. O, con palabras de Ordway, “un hombre complejo, fascinante, devoto, divertido y brillante”, al que sólo se le puede entender desde la fe.

domingo, 6 de octubre de 2024

Para entender el mundo de hoy (IV)

 

 

En los anteriores artículos hemos visto la necesidad de intentar entender el mundo de hoy para poder transformarlo, la pretensión institucional de olvidar la aportación del cristianismo a la construcción de Europa y, por último, la contribución de la fe como guarda de la razón. Llega ahora la necesidad de poner fecha y contenido al origen de las ideas que hoy prevalecen.

Aunque nada surge de modo espontáneo, de hoy para mañana, que todo necesita de un periodo de incubación, si hubiera que poner fecha al origen de las ideas actuales no dudaría en situarlo en el siglo XVIII. Ideas que se acentuarán en el siglo XIX, que se desestabilizarán en la primera mitad del siglo XX y que, reconvertidas en su segunda mitad, son las que dominan este comienzo del siglo XXI.

Es a finales del siglo XVIII cuando dos acontecimientos, la independencia de EE. UU. y la revolución francesa, devolverán al presente un sistema de gobierno ausente durante más de dos mil años: la Democracia. Pero es también el siglo de la Ilustración (hija del Renacimiento y de la Reforma alemana). Con ella surge el liberalismo político y la creencia en el progreso indefinido de la humanidad, como efecto directo e inmediato de la “ilustración” del pueblo [RCG]. Es también el origen de las religiones políticas y la base de la modernidad ideológica (liberalismo, nacionalismo, marxismo, positivismo y cientifismo) que hoy padecemos. Por todo esto, como escribió Yepes Stork, entender el presente es entender la Ilustración. Y al revés, no entender la Ilustración es no entender el presente.

No es aventurado afirmar que el presupuesto fundamental del que derivan las ideas ilustradas es la pérdida del sentido trascendente de la vida, o sea, la secularización del pensamiento [RCG]. Ya, Blake, en aquel tiempo, afirmará que la Ilustración es un oscurecimiento del espíritu. No olvidemos que el encuentro del cristianismo con el filosofar griego (al que cristianizó), invirtió los términos haciendo del hombre una criatura de Dios y como tal, llamado a la trascendencia [LS], sustituyendo así el inmanentismo clásico por el pensamiento trascendente.

Esta secularización tiene doble cara: por un lado, la positiva desclericalización del mundo teocrático medieval, es decir, la autonomía del poder político con respecto a la religión; y, por otro lado, la secularización fuerte, es decir, el proceso por el cual el hombre rompe con Dios y se erige como centro de todo, y rechazando el culto a Dios erige el de la Humanidad, lo que Mariano Fazio llama “religiones sustitutivas”, recordando la tesis del historiador británico Christopher Dawson: toda civilización se sustenta en los pilares de la religión [POS]. De hecho, la revolución francesa, como más tarde Compte, sustituirá a Dios por la Razón, la Cruz por el árbol de la Libertad, la Gracia de Dios por la Razón del Hombre y la Redención por la Revolución. Toda una nueva religión.

Con este punto de partida (el olvido de Dios), es fácil comprender que el pensamiento moderno se centre en el hombre, en la antropología. Pero es un hombre que, al vivir su vida, no cuenta ya con un criterio objetivo, una norma o un fin que le oriente. Que es el drama del hombre actual. (Continuará).

sábado, 3 de agosto de 2024

Para entender el mundo de hoy (III)

 

Pero ¿de dónde salen estas ocurrencias?

Volviendo a la perspectiva de un europeo, no es arriesgado afirmar que el mencionado preámbulo de la fallida Constitución europea muestra la dirección que ha tomado el mundo actual o, al menos, la dirección que pretende.

En ese preámbulo se hablaba de herencia griega, romana e Ilustración, descartando las posibles raíces cristianas en un intento de silenciar que, durante siglos, desde el VIII hasta el XV, Europa llegó a ser conocida como la Cristiandad (Christianitas o Universitas christiana). Analicémoslo por separado.

 

La sabiduría cristiana al rescate de Grecia

Cuando a tantos que desean prescindir de las raíces cristianas de Europa se les llena la boca idealizando a Grecia, es bueno recordar que fue el cristianismo quien rescató la razón de en medio de tanta superchería.  

La razón no es algo secundario en la fe cristiana. Ya san Juan, comienza su Evangelio modificando el primer versículo del Génesis (“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”) con las palabras: “En el principio era el Logos”. “Logos significa tanto razón como palabra: una razón creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón”. El cristiano opta por la creación y la racionalidad (Dios es creador y razón del Universo). Y deberá “dar razón de vuestra esperanza al que os lo pida” (1 Pe 13, 15). Así, tras el Logos con mayúscula, viene el logos con minúscula [BXVI]. La razón humana y la racionalidad del mundo creado es también instrumento de evangelización.  

No es aleatoria la visión que tuvo San Pablo: “Ven a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,6-10). No responde sólo a la necesidad de expansión del cristianismo, sino que puede interpretarse también como “la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el filosofar griego” [BXVI].

La Iglesia va a rescatar el saber griego como instrumento de evangelización y con el fin de entender mejor al hombre. Y lo hará desde sus comienzos. Así, la pregunta de Tertuliano: «¿Qué tienen en común Atenas y Jerusalén? ¿La Academia y la Iglesia?», es claro indicio de la conciencia crítica con que los pensadores cristianos, desde el principio, afrontaron el problema de la relación entre la fe y la filosofía [JPII].

Siglos más tarde, ante el peligro de que la razón quede absorbida por la fe, Tomás de Aquino subrayará la responsabilidad propia de la razón, la necesidad de que ésta se interrogue basándose en sus propias fuerzas. Con este impulso, la razón se convertirá también en una de las dimensiones fundamentales del hombre y el saber se convertirá en virtud cristiana, vía para la Eternidad [LS].

Este siglo, el XIII, está marcado también por el origen de las Universidades. Hubo 13 en este siglo y tuvieron un gran protagonismo en la construcción de Europa pues en ellas nacen los modernos sistemas jurídicos occidentales. Las primeras disciplinas universitarias nacieron por una clara demanda social: Medicina (para curar el cuerpo), Teología (para salvar el alma), Filosofía (para comprender el mundo) y Derecho (porque la sociedad precisa de un orden). La Universidad fue, desde sus orígenes, la casa común donde se busca la verdad propia de la persona humana [JRA].

Y al hablar de la Universidad, no puedo menos que mirar la actual, donde han florecido ideologías intolerantes y se practica la cancelación ante opiniones diversas. Al comparar la Universidad de Salamanca de finales de siglo XVI y principios del XVII, donde se enseñaba a la vez la teoría Tolemaica y la nueva de Copérnico, con algunas universidades actuales en la que son expulsados profesores por afirmar que el hombre nace mujer o varón, deduzco que se ha perdido la razón, vivimos en el siglo de la sinrazón (el XXI).

A la vez, hoy, el hombre de la calle, que se dice tan racional, tiene opiniones sobre la mayoría de las cuestiones, pero si le preguntas en qué basa sus afirmaciones responde: “yo no sé nada personalmente, pero se dice que, se piensa que …” [GT]. ¿Dónde ha dejado su razón?

No es que el cristianismo tenga o haya tenido una filosofía, sino que se ha servido de la filosofía, comenzando por la griega. Basta recordar el uso que hace el Aquinate de la Aristóteles o, más recientemente, cómo se ha servido de otras filosofías, como, por ejemplo, de la fenomenología de los discípulos de Husserl.    

Resumiendo: la Iglesia desde el principio se sirvió de la razón y hasta tuvo que defenderla. También lo hace ahora frente al hombre vulgar que, además de ignorar la historia, a lo más se sirve de la razón para el desarrollo de la tecnología y, en esto, además son pocos lo que la utilizan. De todas formas, volveremos sobre ello.

viernes, 26 de julio de 2024

Fe y fútbol

  

                La pasada Eurocopa trajo a escena, además de buen fútbol, la fe. Fue viral el vídeo en el que Luis de la Fuente afirmaba que no se santiguaba por superstición, sino por fe. “La fe es algo personal y transferible -dijo-, nada tiene que ver con la superstición”. Lo mismo podrían afirmar decenas de futbolistas que se santiguan antes de salir al campo. Un signo ante el que más de uno se habrá formulado la pregunta con la que otro periodista interrogó al victorioso entrenador: “los que somos ateos respetamos, pero no acabamos de entender, la relación de los que tienen fe con Dios, ¿dónde queda Dios y la fe cuando hay una final y se requiere absolutamente de todo para ganarla?”.

                Si entendemos el fútbol como un trabajo, que eso es para los que lo practican, es fácil entender que un hombre de fe se santigüe al comenzar un partido. Lo mismo hacen infinidad de cristianos en las más diversas profesiones. Porque para el cristiano el trabajo no es sólo el medio natural para cubrir sus necesidades económicas, sino también el gran instrumento que Dios ha puesto en sus manos para encontrarle y extender su buena noticia. El trabajo ocupa casi todo su día, es por tanto uno de los lugares ordinarios para encontrarse con el creador. No se puede desaprovechar. Ofrecer el trabajo a su comienzo y dejar en sus manos el resultado es aceptar su voluntad. Intentar jugar bien, con elegancia y nobleza, con rectitud de intención, es tratar de imitar a aquel que “todo lo hizo bien”. Que esto es el cristianismo, imitar y seguir a una persona: Cristo. Lo mismo para un periodista que para un futbolista. Desde luego que es también una forma de pedir la victoria, convencido de que Dios todo lo puede y que, él mismo, dijo “pedid y se os dará”, como también sentenció “mi Padre sabe lo que os conviene”.

                Pero en el fútbol, además de jugadores y entrenadores, está el jugador número doce: los aficionados, ya en el campo o ante pantallas. Y, entre ellos, hay siempre quien se pregunta lo mismo que miles de niños educados en la fe: “papá, ¿está bien que rece para que gane España?”

                He de confesar que durante algún tiempo tuve mis reticencias a decir que sí. Hay mucho en el mundo por lo que pedir, y puede parecer trivial hacerlo para ganar una final de la Eurocopa. Fue leyendo al filósofo Dietrich von Hildebrand, cuando comprendí lo equivocado que estaba. En efecto, el primer milagro que hizo Jesús fue convertir el agua en vino. A primera vista, sorprende que Cristo, que tanto habría de insistir en “buscar lo único necesario”, manifestara un interés tan grande para que unos novios no sufran ninguna humillación ni molestia por la escasez de vino. Pero, como dice Hildebrand, “aquí nos encontramos ante una prodigalidad divina, ante una caridad sin límites que llega hasta el último detalle; es una ternura que no excluye nada que pueda beneficiar a la persona, desde lo más alto hasta aquellos bienes agradables que son simplemente legítimos”. En Caná se trataba de la alegría y el vino era un símbolo de esta alegre celebración.

                Ganar la Eurocopa era motivo de alegría, la alegría del niño, la alegría de cada aficionado, la de cada persona. De aquí la respuesta: “sí, hijo, es bueno que reces para que gane España”, por si conviene. No es superstición, es fe.

viernes, 12 de julio de 2024

Para entender el mundo de hoy (II)

                 Antes de analizar los hechos que permiten entender la situación actual de nuestro mundo, conviene destacar una realidad que no deja de ser paradójica y preocupante.

 ¿De verdad que no ha habido nada antes?

 Si tenemos en cuenta que nuestro análisis se realiza desde la perspectiva de un mundo civilizado, la paradoja surge de inmediato: nos sabemos en un mundo civilizado, pero socavamos sus cimientos para construirlo desde cero. Olvidamos todo un tiempo anterior, como si nuestro mundo hubiera “aparecido de repente”, civilizado de repente. ¿Qué son esos valores tan extendidos hoy sino el resultado de siglos esforzados?

            ¿Nos damos cuenta de que intentan vendernos una moto usada como nueva? Pero no es nueva, ha recorrido ya muchos kilómetros. Muchos siglos nos sustentan, muchas vidas y pensamiento hasta llegar aquí. También muchas ideas equivocadas, con muchos efectos nocivos que se palparon de inmediato y que continúan, pero que el sistema considera daños colaterales necesarios para conseguir la gran meta: el progreso, el paraíso en la tierra.

           Ejemplo: Recuerdo un estudiante marxista que, al visitar Ámsterdam, afirmaba que su propósito era arrasar todo. Y a aquel orador laicista que gritaba: “¡Somos los hombres de las rupturas, de todas las rupturas con el pasado!”, sin advertir que él mismo es fruto de ese pasado [GT].

        Ejemplo: ¿Por qué, al hablar de las raíces de Europa en el preámbulo de la fallida Constitución europea, sólo se mencionaba la herencia griega y romana, pasando después directamente al siglo de las luces, saltándose toda la tradición cristiana?

                ¿Por qué aquel agosto de 2004, en el que el presidente francés Chirac iba a coincidir con san Juan Pablo II en Lourdes, envió previamente a su embajador preocupado de que el papa sacara la cuestión de las raíces cristianas de Europa? ¿Por qué Chirac no recibió en Paris al enviado del Papa que portaba una carta personal que hacía referencia a esta cuestión? [JN-V]

Ante estas actitudes, ¿quién se sorprendería de que, en las próximas décadas, la actual Francia atea, que renegó de sus raíces, se convierta al islam? ¿Sería el punto de partida para una nueva civilización… europea? [POS]

Pero no sólo Francia. En Bruselas se han desacralizado 40 iglesias por desuso. En Alemania, unos maestros no dejan beber agua a sus 25 alumnos porque deben solidarizarse con los 2 que viven el Ramadán. Y en un IES de CLM, un cartel anuncia en inglés: feliz Ramadán 2024. Y todo esto mientras que se persigue y se intenta deconstruir toda una cultura secular impregnada de virtudes y valores. Y esto es lo preocupante.

Pero nada debe sorprendernos. Como escribió Paul Valéry, “las civilizaciones ya sabemos que somos mortales” [GT].

Permitidme un inciso: si cambiamos de perspectiva, si miramos el mundo desde otra latitud geográfica, descubrimos otros mundos distintos (no sólo el tercero), con los que cometemos tres errores: 1) quererles imponer nuestro modelo, lo que sin duda hacemos mediante imposiciones económicas y no otras (como la imposición de la planificación familiar); 2) despreciarlos en su totalidad, sin advertir que en ellos sobreviven valores que nosotros hemos perdido, como son el amor a la vida, la importancia de la familia y el saber que la vida es esforzada (Recientemente he oído la protesta de un AMPA porque los niños andaban 1 km para llegar al comedor y me acordaba de la carta recibida de unos niños de Mali que andaban 6 km para llegar a la escuela andando y saliendo de noche); 3) menospreciamos la posibilidad de que puedan emerger e, incluso, superarnos.

                Llegados a este punto, al releer los dos primeros posts de este extenso artículo me viene a la cabeza ese libro de Chesterton cuyo título es “Lo que está mal en el mundo” (una colección de ensayos) porque parece que he hecho lo mismo en pocas líneas. Pero pretender entender requiere que haya unos motivos previos. Evidentemente, hay muchas cosas positivas en este mundo con las que intento interiormente equilibrar la balanza, pero hasta las más esenciales precisan ser discutidas (discutir: remover algo para que caiga la verdad, cribar).

                Pienso también en aquellos que no estén de acuerdo con lo escrito hasta ahora. Sin embargo, hay algo que nos une a todos: el deseo de esforzarnos e ilusionarnos en la solución de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen nuestra época [JMEB]. Busquemos esos puntos de encuentro.