sábado, 13 de junio de 2026

El corazón, desde la encíclica “Dilexit nos”

 


 

Siempre he guardado prevención ante la afirmación “haz lo que te dicte tu corazón”, quizás porque los que la pronunciaban estaban faltos de doctrina, reduciendo el amor a mero sentimentalismo. Y sin advertirlo estaba identificando amor con corazón. O, más bien, amor desordenado, en el que el afecto prima sobre la inteligencia y la voluntad, con corazón. Lamentablemente, estaba degradando el corazón. Quizás, en algún caso concreto, no iba descaminado al interpretar a mi interlocutor, pero erraba al generalizar.

Además, la afirmación tiene entraña evangélica, ya desde el Antiguo Testamento, y no podía ser obviada. Los Salmos están llenos de referencias al corazón, también san Pablo dice que “cada uno actúe según determinó su corazón” (2Cor 9,7), y Jesucristo lo menciona muchas veces, como cuando dice a los fariseos “porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12, 34b). En consecuencia, era una simpleza despachar sin más lo que viene del corazón.

Podía justificarme diciendo que la desvalorización del corazón viene de lejos: se encuentra ya en el racionalismo griego y precristiano, en el idealismo postcristiano y en el materialismo en sus diversas formas. De hecho, el corazón no ha tenido un lugar propio en el gran pensamiento filosófico; siempre ha colocado a la razón, la voluntad o la libertad por encima del corazón. Como si la noción de corazón le resultara extraña.

Ahora bien, en lugar de averiguar las razones de esta actitud de los filósofos, preferí centrarme en conocer el corazón, lo que se decía de él. Después de algunas lecturas, conseguí clarificarme al leer “El corazón” de Dietrich Von Hildebrand. Allí se desmenuzan los motivos por los que Corazón de Jesús es objeto de una devoción especial, y no su entendimiento ni su voluntad. Centrado ya en el Corazón de Cristo, volví a leer las homilías de san Josemaría sobre el Sagrado Corazón y el Cuerpo de Cristo. Pasé así del “corazón” al Sagrado Corazón, lo que acentuó mi error de partida, a la vez que lo reconducía. Llegando a la encíclica “Dilexit nos” (Nos amó) del Papa Francisco, en la que como sucesor de Pedro devuelve a la actualidad un camino insinuado por Dios Padre Creador desde hace siglos: la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

 

El corazón

                Para entender correctamente el significado de expresiones tales como “habla desde el corazón”, “actúa con corazón” o “escucha a tu corazón”, es necesario saber qué hay en él.

                Anatómicamente, el corazón es un músculo vital. Situado en el centro del cuerpo, su buen funcionamiento es vida. Análogamente, como el ser humano es un mundo anímico corpóreo, hay algo que da sentido y orientación a todo lo que vive la persona. Algo que está en su centro, no material, que anima y unifica todo, al que también llamamos corazón. Y a él nos referimos cuando decimos “habla desde el corazón” o “actúa con corazón”.

                El corazón del que hablamos es pues “como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones”. “No sólo siente, sino que también sabe y entiende”. La realidad captada con el corazón es la que se conoce mejor y más plenamente. Por eso, las preguntas decisivas de la vida nos llevan a él.

Es el lugar de la sinceridad, al que no se puede engañar ni disimular. En él no hay apariencia o mentira, todo es auténtico, real, enteramente “propio”. En él somos nosotros mismos. En él se hallan las verdaderas intenciones, lo que uno realmente piensa, cree y quiere, los “secretos” que a nadie dice y, en definitiva, la propia verdad desnuda.

Además, es el que unifica y armoniza la historia personal. A igual que María, que “guardaba cuidadosamente todo en el corazón” (Lc 2,51), el corazón conserva no sólo “la escena” que ve, sino también lo que no entiende todavía y aun así permanece presente y vivo, en la espera de unirlo todo.

Por último, también “es el corazón el que crea las posibilidades de encuentro. Por el corazón estoy yo al lado del otro y otro está cerca de mí. Sólo el corazón puede acoger y dar un hogar” (Guardini). Es, por tanto, origen de fraternidad, creador de sociedad humana. Y el lugar donde Cristo coloca el celo apostólico.

Como se ve, no todos los” asuntos del corazón” están relacionados con la afectividad, aunque sí con el amor, como veremos. Porque para amar bien se necesita un corazón grande, en el sentido de “manso y humilde”, como el de Jesús (Mt 11,29).

 

Recuperar el corazón

Visto el papel del corazón, su riqueza potencial, se entiende que el Concilio Vaticano II invitara a volver al corazón, a recuperarlo. En él se afirma que «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano».

Juan Pablo II, ante los modelos de comportamiento difundidos en la sociedad actual que tan solo aúpan su dimensión racional-tecnológica o, por el contrario, su dimensión instintiva, veía al hombre contemporáneo «trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar». Y advertía al ser humano sobre el riesgo que corría «de perder su centro, el centro de sí mismo». 

El Papa Francisco, sorprendido porque lo más íntimo fuera también lo más lejano a nuestro conocimiento, habla de falta de corazón, y anima a madurarlo y cuidarlo, calificando de “anti-corazón” a una sociedad cada vez más dominada por el narcisismo y la autorreferencia.

Sin el corazón, perdemos las respuestas que la sola inteligencia no puede dar, porque para salvar lo humano también se necesita la poesía y el amor.  Todos esos pequeños detalles, lo ordinario-extraordinario, que nunca podrán estar entre los algoritmos.

Perdemos la historia y nuestras historias, porque la verdadera aventura personal es la que se construye desde el corazón. Ese momento de la infancia que se recuerda con ternura y que, aunque pasen los años, sigue ocurriendo en cada rincón del planeta.

De hecho, los algoritmos del mundo digital muestran que nuestros pensamientos y lo que decide la voluntad son bastante “estándar”. Son fácilmente predecibles y manipulables. No así el corazón.

Por eso, sigue diciendo el Papa Francisco, necesitamos que todas las acciones se pongan bajo el “dominio político” del corazón. Que la inteligencia se ponga a su servicio sintiendo y gustando las verdades más que queriendo dominarlas; que la voluntad desee el bien mayor que el corazón conoce; que la imaginación y los sentimientos se dejen moderar por el latido del corazón.

Pero, ojo, esto no significa confiar excesivamente en nosotros mismos. Tengamos cuidado: advirtamos que nuestro corazón no es autosuficiente; es frágil y está herido. Tiene una dignidad ontológica, pero al mismo tiempo debe buscar una vida más digna. Y para vivir conforme a esa dignidad no nos basta conocer el Evangelio ni cumplir mecánicamente lo que nos manda. Necesitamos el auxilio del amor divino.

Dios, escrutador de corazones, aguarda al hombre en el interior de su corazón; así, bajo su mirada, el hombre decide su propio destino. Y estar a la altura de su Presencia es lo único que puede ayudarnos a decidir bien. Con el corazón centrado en Él, todas las impresiones externas encuentran donde agarrarse.

 

Del amor de Jesucristo.

Gracias a Jesús «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído» en ese amor (1 Jn 4,16). De hecho, «la revelación del amor misericordioso del Padre ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del Hombre». Por medio de la gracia del Espíritu Santo, el amor de Dios Hijo manifiesta el amor de Dios Padre. Cristo clavado en la cruz es la palabra de amor más elocuente. «En esto conocemos el amor, en que él dio su vida por nosotros» (1 Jn 3,16).

Sin embargo, cuando san Pablo buscaba las palabras justas para explicar su relación con Cristo, y esta es una idea que quería resaltar de la encíclica, dijo: «Me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Fíjate que primero escribe “me amó” y luego “se entregó por mí”, como si su mayor convicción fuera saberse amado. La entrega de Cristo en la cruz lo subyugaba, pero sólo tenía sentido porque había algo más grande todavía que esa entrega: «Me amó». Pablo, tocado por el Espíritu, fue capaz de mirar más allá y de maravillarse por lo más grande y fundamental: «Me amó». Con un amor del que nada «podrá separarnos» (Rom 8,39) pues «el amor viene de Dios» (1 Jn 4,7). Y si nosotros somos capaces de amar es «porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19).

 

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Como vemos, Jesús nos precede y nos espera sin condiciones, sin exigir un requisito previo para poder amarnos y proponernos su amistad: «nos amó primero» (1 Jn 4,10). Y los hombres, tan necesitados de apoyo material, buscamos ese amor en su corazón, su centro personal, visible a través de la llaga abierta en su costado por la lanzada.  

Así comienza la devoción al Corazón de Cristo que no es el culto a un órgano separado de la persona de Jesús. Se toma al corazón de carne como imagen o signo privilegiado del centro más íntimo del Hijo, «símbolo natural de su inmensa caridad». Pero no lo adoramos aisladamente, sino que cualquier acto de amor o adoración a su Corazón en realidad «se ofrece propia y verdaderamente al mismo Cristo». No nos separa o distrae de Jesucristo y de su amor, sino que nos orienta a él y sólo a él, que nos llama a una preciosa amistad hecha de diálogo, afecto, confianza y adoración.

Ante la imagen de su corazón de carne entendemos que su amor como Hijo de Dios es inseparable de su amor humano. Mirando su corazón nos situamos frente a Cristo y, ante él, «el amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio». No se necesita una devoción más abstracta o estilizada. Esta espiritualidad práctica, fruto de la religiosidad popular, revela a un Dios que se hace cercano, y alimenta la imaginación y el corazón, el amor y la ternura para con Cristo, la esperanza y la memoria, el deseo y la nostalgia.

La imagen del Corazón del Señor deslumbra porque contiene un triple amor: el amor divino infinito, el amor espiritual de su humanidad símbolo infundido en su alma por su ardiente caridad y, finalmente, su amor sensible. Estos tres amores actúan y se expresan juntos y en un constante flujo de vida.

Pero es «a la luz de la fe -en Cristo están unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina- como nuestra mente se torna idónea para concebir los estrechísimos vínculos que existen entre el amor sensible del corazón físico de Jesús y su doble amor espiritual, el humano y el divino». O, con otras palabras, llegando a lo más íntimo de ese Corazón, y precisamente en su amor humano, y no apartándonos de él, encontramos su amor divino; encontramos «lo infinito en lo finito», en expresión de Benedicto XVI.

Concluimos entonces que ante el Corazón de Cristo «la actitud más adecuada es depositar la confianza del corazón fuera de nosotros mismos: en la infinita misericordia de un Dios que ama sin límites y que lo ha dado todo en la Cruz de Jesucristo».

Por eso la oración más popular, dirigida como un dardo al Corazón de Cristo, dice simplemente: «En Ti confío». Dios nos ama y la única respuesta del hombre es: «En Ti confío». No hacen falta más palabras. Tampoco es nada nuevo, ya lo profetizó Jeremías: “Dichoso el hombre que confía en el Señor, y pone su confianza en él” (Jer 17,7).

 

Un propósito práctico

                No quiero acabar sin mencionar un modo concreto de reparar al Corazón de Jesús que va más allá del mero consuelo, y que el Papa Francisco explica muy bien. Se trata de la “reparación” entendida como liberar los obstáculos que ponemos a la expansión de Cristo en el mundo. Permitir que se difunda el amor infinito del Señor, porque eso le hace feliz.

                Quiere esto decir, que no basta con dejar entrar la belleza del Corazón de Cristo en nuestro corazón a través de una confianza total, sino que también debemos hacerla llegar a través de nuestra propia vida a los demás y, así, transformar el mundo. Que debemos descubrir la dimensión misionera de nuestro amor al Corazón de Cristo. Comunicar a todos los inagotables tesoros de Cristo.


domingo, 31 de mayo de 2026

Adviento en la montaña

 


             Sé muy poco de la vida de Benedikt. ¿Quién es Benedikt? El protagonista del relato Adviento en la montaña, de Gunnar Gunnarsson (1889-1975). Y, sin embargo, me resulta atractivo. Ha bastado conocer su aventura para calificarlo como hombre ejemplar. No vayan a pensar que existió realmente, es tan solo un personaje de ficción. Pero el autor lo describe tan comprometido con la vida que es difícil no admirarlo.

Cuando pienso en él, me ronda la palabra héroe. También las palabras fortaleza, templanza, prudencia y justicia. Es un héroe por las virtudes que atesora. Reconozco, no obstante, que es un hombre solitario, parco en palabras, pero generoso, educado y correcto. Precavido, paciente y metódico. Pero es, sencillamente, un hombre. Desde luego que cada uno es como es, y no pretendo ponerlo como modelo, me bastaría con que admitan que es un ejemplo de trabajador responsable, esforzado y silencioso.  

¿Su oficio? Es granjero.  Un granjero de Islandia que, cada año, se pone en camino el primer Domingo de Adviento atraído por una obligación de conciencia: rescatar las ovejas perdidas y dispersas en la montaña helada antes de que perezcan cubiertas de nieve. “Tormentas, nieve y camino al raso”, así cantará nuestro héroe. Y en su interior resonará la presencia del tiempo litúrgico, con sus fiestas, como la de la Inmaculada.

He dicho que es un hombre solitario, lo dije porque sin persona alguna intentará llevar a cabo su misión. ¿La cumplirá? No quiero hacer espóiler. Pero tiene compañía, va acompañado de un perro, León, el papa de los perros, como él le llama, y Recio, el carnero manso capaz de guiar un rebaño. Juntos, recorrerán granjas dispersas y medio sumergidas en la nieve hasta llegar a la montaña, a su glaciar. Entre medias, con una temperatura de treinta grados bajo cero, mostrará una determinada determinación de cumplir su misión siendo, incluso, capaz de compatibilizarla con algunos servicios particulares solicitados por los granjeros que va encontrando en su camino.

No es de extrañar, pues, que algunos hijos de esos granjeros deseen imitarle. Pero ¿volverán a verle? Lleva veintisiete años realizando este trabajo, tiene ahora cincuentaicuatro, es ya mayor, dicen. “Veintisiete veces había caminado de granja en granja hasta los confines de lo habitado en el primer Domingo de Adviento”. Y aún seguía contemplando “con la vista aquellas tierras y las grababa en su corazón”. Ya sus sueños de los primeros años quedaban lejanos, “aquellos sueños que sólo él y Dios conocían”.  

En fin, es la historia de un hombre con los pies en la tierra, una tierra cubierta de nieve, y la cabeza en el Cielo. ¿Verdad que no se ven muchos de ellos a nuestro alrededor?

                 

viernes, 26 de diciembre de 2025

LA REALIDAD INVISIBLE

 

            No toda la realidad es visible a nuestros ojos. Hay una parte invisible para ellos. Los científicos nos ayudan a ver algo más. Los filósofos preguntan por ella. Los teólogos amplían su visibilidad. Pero sólo Cristo, con su revelación, nos la muestra toda entera.

            En estos días vemos un niño en un pesebre, pero no vemos lo invisible del Niño. Lo invisible de ese Niño es que es Dios. El Niño que vemos es el Dios que no ven los ojos de la cara.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

La fe de Tolkien

 


 

                Ciento veintiún años después de la conversión de Tolkien, Navidad de 1903, he leído el libro “La fe de Tolkien”, de la escritora norteamericana Holly Ordway. Y quisiera recomendarlo. No es una biografía al uso, es una biografía espiritual que partiendo de sus propias palabras, su correspondencia privada, entrevistas y testimonios con familiares y amistades, a las que se suman retazos que aparecieron ya en algunas de sus biografías, presta atención a lo que la fe significó para Tolkien. No es un libro sólo para creyentes, es un libro para todos aquellos que encontraron en su literatura esa esperanza clara, luminosa, que tanto se echa en falta. Conocer la verdad que apoya esa esperanza es acercarse a las raíces de este académico que veía más allá de los muros del mundo.

                El planteamiento de Holly Ordway es inteligente. Plantea las cuestiones para que todos, creyentes o no, entiendan su significado. Lleva en paralelo el desarrollo de los acontecimientos principales de la vida de Tolkien junto a la evolución del catolicismo en Inglaterra, explicando detalles que ayudan a comprender que no le resultó cómodo ser un católico converso en la Inglaterra del siglo XX. Hombre piadoso al que no le gustaba pasar como beato, rezaba frecuentemente el rosario. Hombre de oración que llegó a afirmar que “en muchas ocasiones se le había otorgado una historia como respuesta a una plegaria”.

                Tolkien recibió la mayor parte de su formación espiritual en casa, por boca y ejemplo de su madre. Completó esta formación con los oratorianos del Oratorio de Birmingham y estuvo atendido constantemente por el padre Francis Morgan, su tutor tras la muerte de su madre, quien fue a su vez secretario del cardenal Newman, hoy san John Henry Newman.

                Holly Ordway deja muy clara su devoción a los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la confesión, su dedicación diaria a la oración, así como sus oraciones preferidas. Dando a entender que su vida es incomprensible sin tener presente su fe. Y, más aún, parece que su obra no se puede entender sin esa fe. De hecho, el libro está salpicado de referencias que la relacionan con diversos pasajes de sus obras. Una fe que se manifestaba constantemente en el trato con sus amigos, a los que Ordway dedica algunos capítulos, de manera singular a su amistad con C. S. Lewis a quien llevará de vuelta a Dios, al hogar. Y que permitió que su éxito no se le subiera nunca a la cabeza. Ordway también destacará su devoción a la Inmaculada Concepción, su cariño a san Felipe de Neri, santo Tomás Moro o a Chesterton, entre otros.

                Su noviazgo, el amor a su esposa, el significado del matrimonio y el trato con sus hijos y familiares, llena también buena parte del libro. Así como su lealtad a la Iglesia, manifestada de modo concreto tras las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II. No olvidemos que, al igual que la propia autora, Tolkien fue un converso que no tuvo reparos en hacer presencia pública de su fe. Era conocido como católico en el ambiente universitario. Y tuvo trato con personajes célebres como Ronald Knox o Hilaire Belloc.

                Resumiendo, Holly Ordway describe a un profesor y académico cristiano católico que disfrutó con sus amigos, con sus creaciones literarias (casi un hobbit salvo por el tamaño), que tuvo que pasar por muchas penalidades (la orfandad y las dos guerras mundiales con sus consecuencias, entre otras), pero que fue capaz de vivir en presencia de Dios, aún en sus años tibios, siempre agradecido “por haber sido educado (desde los ocho años) en una fe que me ha nutrido y me ha enseñado lo poco que sé”. O, con palabras de Ordway, “un hombre complejo, fascinante, devoto, divertido y brillante”, al que sólo se le puede entender desde la fe.

domingo, 6 de octubre de 2024

Para entender el mundo de hoy (IV)

 

 

En los anteriores artículos hemos visto la necesidad de intentar entender el mundo de hoy para poder transformarlo, la pretensión institucional de olvidar la aportación del cristianismo a la construcción de Europa y, por último, la contribución de la fe como guarda de la razón. Llega ahora la necesidad de poner fecha y contenido al origen de las ideas que hoy prevalecen.

Aunque nada surge de modo espontáneo, de hoy para mañana, que todo necesita de un periodo de incubación, si hubiera que poner fecha al origen de las ideas actuales no dudaría en situarlo en el siglo XVIII. Ideas que se acentuarán en el siglo XIX, que se desestabilizarán en la primera mitad del siglo XX y que, reconvertidas en su segunda mitad, son las que dominan este comienzo del siglo XXI.

Es a finales del siglo XVIII cuando dos acontecimientos, la independencia de EE. UU. y la revolución francesa, devolverán al presente un sistema de gobierno ausente durante más de dos mil años: la Democracia. Pero es también el siglo de la Ilustración (hija del Renacimiento y de la Reforma alemana). Con ella surge el liberalismo político y la creencia en el progreso indefinido de la humanidad, como efecto directo e inmediato de la “ilustración” del pueblo [RCG]. Es también el origen de las religiones políticas y la base de la modernidad ideológica (liberalismo, nacionalismo, marxismo, positivismo y cientifismo) que hoy padecemos. Por todo esto, como escribió Yepes Stork, entender el presente es entender la Ilustración. Y al revés, no entender la Ilustración es no entender el presente.

No es aventurado afirmar que el presupuesto fundamental del que derivan las ideas ilustradas es la pérdida del sentido trascendente de la vida, o sea, la secularización del pensamiento [RCG]. Ya, Blake, en aquel tiempo, afirmará que la Ilustración es un oscurecimiento del espíritu. No olvidemos que el encuentro del cristianismo con el filosofar griego (al que cristianizó), invirtió los términos haciendo del hombre una criatura de Dios y como tal, llamado a la trascendencia [LS], sustituyendo así el inmanentismo clásico por el pensamiento trascendente.

Esta secularización tiene doble cara: por un lado, la positiva desclericalización del mundo teocrático medieval, es decir, la autonomía del poder político con respecto a la religión; y, por otro lado, la secularización fuerte, es decir, el proceso por el cual el hombre rompe con Dios y se erige como centro de todo, y rechazando el culto a Dios erige el de la Humanidad, lo que Mariano Fazio llama “religiones sustitutivas”, recordando la tesis del historiador británico Christopher Dawson: toda civilización se sustenta en los pilares de la religión [POS]. De hecho, la revolución francesa, como más tarde Compte, sustituirá a Dios por la Razón, la Cruz por el árbol de la Libertad, la Gracia de Dios por la Razón del Hombre y la Redención por la Revolución. Toda una nueva religión.

Con este punto de partida (el olvido de Dios), es fácil comprender que el pensamiento moderno se centre en el hombre, en la antropología. Pero es un hombre que, al vivir su vida, no cuenta ya con un criterio objetivo, una norma o un fin que le oriente. Que es el drama del hombre actual. (Continuará).

sábado, 3 de agosto de 2024

Para entender el mundo de hoy (III)

 

Pero ¿de dónde salen estas ocurrencias?

Volviendo a la perspectiva de un europeo, no es arriesgado afirmar que el mencionado preámbulo de la fallida Constitución europea muestra la dirección que ha tomado el mundo actual o, al menos, la dirección que pretende.

En ese preámbulo se hablaba de herencia griega, romana e Ilustración, descartando las posibles raíces cristianas en un intento de silenciar que, durante siglos, desde el VIII hasta el XV, Europa llegó a ser conocida como la Cristiandad (Christianitas o Universitas christiana). Analicémoslo por separado.

 

La sabiduría cristiana al rescate de Grecia

Cuando a tantos que desean prescindir de las raíces cristianas de Europa se les llena la boca idealizando a Grecia, es bueno recordar que fue el cristianismo quien rescató la razón de en medio de tanta superchería.  

La razón no es algo secundario en la fe cristiana. Ya san Juan, comienza su Evangelio modificando el primer versículo del Génesis (“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”) con las palabras: “En el principio era el Logos”. “Logos significa tanto razón como palabra: una razón creadora y capaz de comunicarse, pero precisamente como razón”. El cristiano opta por la creación y la racionalidad (Dios es creador y razón del Universo). Y deberá “dar razón de vuestra esperanza al que os lo pida” (1 Pe 13, 15). Así, tras el Logos con mayúscula, viene el logos con minúscula [BXVI]. La razón humana y la racionalidad del mundo creado es también instrumento de evangelización.  

No es aleatoria la visión que tuvo San Pablo: “Ven a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,6-10). No responde sólo a la necesidad de expansión del cristianismo, sino que puede interpretarse también como “la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y el filosofar griego” [BXVI].

La Iglesia va a rescatar el saber griego como instrumento de evangelización y con el fin de entender mejor al hombre. Y lo hará desde sus comienzos. Así, la pregunta de Tertuliano: «¿Qué tienen en común Atenas y Jerusalén? ¿La Academia y la Iglesia?», es claro indicio de la conciencia crítica con que los pensadores cristianos, desde el principio, afrontaron el problema de la relación entre la fe y la filosofía [JPII].

Siglos más tarde, ante el peligro de que la razón quede absorbida por la fe, Tomás de Aquino subrayará la responsabilidad propia de la razón, la necesidad de que ésta se interrogue basándose en sus propias fuerzas. Con este impulso, la razón se convertirá también en una de las dimensiones fundamentales del hombre y el saber se convertirá en virtud cristiana, vía para la Eternidad [LS].

Este siglo, el XIII, está marcado también por el origen de las Universidades. Hubo 13 en este siglo y tuvieron un gran protagonismo en la construcción de Europa pues en ellas nacen los modernos sistemas jurídicos occidentales. Las primeras disciplinas universitarias nacieron por una clara demanda social: Medicina (para curar el cuerpo), Teología (para salvar el alma), Filosofía (para comprender el mundo) y Derecho (porque la sociedad precisa de un orden). La Universidad fue, desde sus orígenes, la casa común donde se busca la verdad propia de la persona humana [JRA].

Y al hablar de la Universidad, no puedo menos que mirar la actual, donde han florecido ideologías intolerantes y se practica la cancelación ante opiniones diversas. Al comparar la Universidad de Salamanca de finales de siglo XVI y principios del XVII, donde se enseñaba a la vez la teoría Tolemaica y la nueva de Copérnico, con algunas universidades actuales en la que son expulsados profesores por afirmar que el hombre nace mujer o varón, deduzco que se ha perdido la razón, vivimos en el siglo de la sinrazón (el XXI).

A la vez, hoy, el hombre de la calle, que se dice tan racional, tiene opiniones sobre la mayoría de las cuestiones, pero si le preguntas en qué basa sus afirmaciones responde: “yo no sé nada personalmente, pero se dice que, se piensa que …” [GT]. ¿Dónde ha dejado su razón?

No es que el cristianismo tenga o haya tenido una filosofía, sino que se ha servido de la filosofía, comenzando por la griega. Basta recordar el uso que hace el Aquinate de la Aristóteles o, más recientemente, cómo se ha servido de otras filosofías, como, por ejemplo, de la fenomenología de los discípulos de Husserl.    

Resumiendo: la Iglesia desde el principio se sirvió de la razón y hasta tuvo que defenderla. También lo hace ahora frente al hombre vulgar que, además de ignorar la historia, a lo más se sirve de la razón para el desarrollo de la tecnología y, en esto, además son pocos lo que la utilizan. De todas formas, volveremos sobre ello.

viernes, 26 de julio de 2024

Fe y fútbol

  

                La pasada Eurocopa trajo a escena, además de buen fútbol, la fe. Fue viral el vídeo en el que Luis de la Fuente afirmaba que no se santiguaba por superstición, sino por fe. “La fe es algo personal y transferible -dijo-, nada tiene que ver con la superstición”. Lo mismo podrían afirmar decenas de futbolistas que se santiguan antes de salir al campo. Un signo ante el que más de uno se habrá formulado la pregunta con la que otro periodista interrogó al victorioso entrenador: “los que somos ateos respetamos, pero no acabamos de entender, la relación de los que tienen fe con Dios, ¿dónde queda Dios y la fe cuando hay una final y se requiere absolutamente de todo para ganarla?”.

                Si entendemos el fútbol como un trabajo, que eso es para los que lo practican, es fácil entender que un hombre de fe se santigüe al comenzar un partido. Lo mismo hacen infinidad de cristianos en las más diversas profesiones. Porque para el cristiano el trabajo no es sólo el medio natural para cubrir sus necesidades económicas, sino también el gran instrumento que Dios ha puesto en sus manos para encontrarle y extender su buena noticia. El trabajo ocupa casi todo su día, es por tanto uno de los lugares ordinarios para encontrarse con el creador. No se puede desaprovechar. Ofrecer el trabajo a su comienzo y dejar en sus manos el resultado es aceptar su voluntad. Intentar jugar bien, con elegancia y nobleza, con rectitud de intención, es tratar de imitar a aquel que “todo lo hizo bien”. Que esto es el cristianismo, imitar y seguir a una persona: Cristo. Lo mismo para un periodista que para un futbolista. Desde luego que es también una forma de pedir la victoria, convencido de que Dios todo lo puede y que, él mismo, dijo “pedid y se os dará”, como también sentenció “mi Padre sabe lo que os conviene”.

                Pero en el fútbol, además de jugadores y entrenadores, está el jugador número doce: los aficionados, ya en el campo o ante pantallas. Y, entre ellos, hay siempre quien se pregunta lo mismo que miles de niños educados en la fe: “papá, ¿está bien que rece para que gane España?”

                He de confesar que durante algún tiempo tuve mis reticencias a decir que sí. Hay mucho en el mundo por lo que pedir, y puede parecer trivial hacerlo para ganar una final de la Eurocopa. Fue leyendo al filósofo Dietrich von Hildebrand, cuando comprendí lo equivocado que estaba. En efecto, el primer milagro que hizo Jesús fue convertir el agua en vino. A primera vista, sorprende que Cristo, que tanto habría de insistir en “buscar lo único necesario”, manifestara un interés tan grande para que unos novios no sufran ninguna humillación ni molestia por la escasez de vino. Pero, como dice Hildebrand, “aquí nos encontramos ante una prodigalidad divina, ante una caridad sin límites que llega hasta el último detalle; es una ternura que no excluye nada que pueda beneficiar a la persona, desde lo más alto hasta aquellos bienes agradables que son simplemente legítimos”. En Caná se trataba de la alegría y el vino era un símbolo de esta alegre celebración.

                Ganar la Eurocopa era motivo de alegría, la alegría del niño, la alegría de cada aficionado, la de cada persona. De aquí la respuesta: “sí, hijo, es bueno que reces para que gane España”, por si conviene. No es superstición, es fe.