domingo, 28 de octubre de 2018

Cartas desde el aula (II)


Estimado Simón, cuando uno se aproxima al límite de su edad laboral, que no sabe si alcanzará (recuerda el problema del “ratón glotón y confiado” que os ponía en 2º de BUP), le da por pensar en sus años de docencia, en el empleo del propio tiempo, en la posibilidad de haber hecho más o haberlo hecho de otro modo. Y hoy mismo, antes de recibir tu carta, me hacía la siguiente consideración: he dedicado mucho tiempo a confeccionar “apuntes” para el alumnado, incluso he escrito algunos libros; he rehecho mil veces las programaciones para adaptar sus contenidos a la más de media docena de sistemas educativos que he conocido; he construido tablas y hojas Excel para evaluar estándares y anotar las ausencias del alumnado; he asistido a numerosas charlas que se anunciaban como necesarias para saber enseñar; he participado en grupos de trabajo y seminarios; ….; en definitiva, he tenido una actividad plena realizando “deberes”, pero ¿cuánto tiempo he dedicado al estudio?
                Fíjate, Simón, que me planteo algo análogo a lo que repito incansablemente al alumnado: no confundáis el “hacer deberes” con el estudio. Y, es que, en general, el alumnado viene sabiendo hacer deberes o, más bien, sabiendo que tiene que hacer deberes. Pero confunde el hacer deberes con el estudio, cree (es una creencia extendida) que basta con hacer deberes y no es consciente de que éstos son una parte de su trabajo pero no todo, que los deberes están enfocados al estudio y que, sin él, no sirven de mucho. Con esta creencia se han formado muchos alumnos (capaces de actividad), resultando muy pocos estudiantes (capaces de pensar, relacionar, tener ideas). Quizás, por esto me cuesta llamarles estudiantes y prefiero llamarles alumnos.
                Sería bueno que nosotros, los profesores, dedicáramos más tiempo a enseñar a estudiar a los alumnos. No me refiero a los métodos estándar de estudio, sino a enseñarles a estudiar la propia materia, la nuestra, la que les enseñamos. ¿Te acuerdas cuando os decía que las matemáticas se estudian con lápiz y papel en el silencio?  Pues algo así, por ahí se empieza.
                Enseñanza y aprendizaje, me gustan esos dos vocablos. Si les enseñáramos a estudiar, les resultaría más fácil el aprendizaje.
                Te dejo, Simón, que tengo que actualizar el tema 6 de agrónomos, el de la diagonalización de matrices y endomorfismos. Da recuerdos a los otros del departamento, en especial a Judas Tadeo, que es capaz de enseñar cualquier cosa. Un abrazo.

PD.: Hoy celebramos la fiesta de San Simón Cananeo y San Judas Tadeo, apóstoles.

domingo, 29 de julio de 2018

Galileo, 1616 (VIII)*



                Si hasta aquí Galileo se había enfrentado a los filósofos aristotélicos, la carta a Castelli iba a abrir otro frente: el de los teólogos. Si bien los primeros nunca lo cuestionaron (aunque decían que carecía de “modestia filosófica”), ya que era evidente que conocía bien a Aristóteles y porque, sobre todo, era el filósofo del Gran Duque, no sucedió lo mismo con los teólogos. Para los teólogos era un aficionado y no iban a respetar sus injerencias. Menos aún que les enseñara a interpretar las Sagradas Escrituras.
                Sin embargo, la tormenta no se desató hasta diciembre de 1614, por lo que puede decirse que durante la mayor parte del año Galileo no perdió tiempo en polémicas. Es cierto que estuvo unos meses enfermo, hasta el punto de que Welser (que morirá en ese verano) escribe a uno de sus amigos: “sería una pena que terminara sus días sin haber explicado muchos bellos conceptos acerca de las cosas celestiales que estaba sacando a la luz”.
Pero, aun sabiendo que estaba enfermo, la gente no dejaba de consultarle. Le pedían consejo para las lentes del telescopio, le contaban sus observaciones celestiales desde Nápoles, le preguntaban sobre el peso del aire respecto del agua, le hablaban del libro sobre las Manchas Solares, de la controversia con Apeles (seudónimo de un jesuita) sobre dichas manchas, le nombraban posibles traductores (como don Diego de Urrea), volvían al tema de los cuerpos flotantes y le comunican la muerte de Papazzoni (a quien Galileo consiguió plaza de filósofo en Pisa), le enviaban libros, Castelli le pasaba medidas sobre el paralaje del sol y le hablaba de su prestigio en la Universidad, Conti le hacía sugerencias sobre pasajes del Génesis, le escribían sobre la defensa del copernicanismo, de las opiniones de Tycho Brahe, Magini -ante su propia enfermedad- le daba consejos (“es necesario que se mire a sí mismo, evite el movimiento de los viajes y, sobre todo, cuídese de los buenos vinos y del coito, … , no descuidándose como lo hice yo”), le transmitían saludos del jesuita Grienberger (sucesor de Clavius), le contaban que su amigo Cremonini empezaba a estar mal visto en Roma, le pedían noticias sobre “las palomas” e, incluso, le daban consejos sobre cómo actuar con ellos: “deja ir a las palomas -escribe Castelli-que, por sí mismas, se convertirán en cuervos”.
Narraban anécdotas, como la de Castelli en febrero: en una clase, un sacerdote dijo que “la tierra no puede moverse porque cada mañana, cada mañana, cada mañana (insistía), cuando se levanta de la cama ve la puerta de la habitación tal como la había dejado por la noche”. O la del príncipe Cesi en marzo: un fraile de Nápoles ha escrito una obra teológica en la que califica como “perjudiciales” sus últimos descubrimientos. Y no se corta Cesi cuando concluye: “primates peripatéticos”.
Algunos le dan el pésame por el triste fallecimiento de su amigo Salviati (muerto el 22 de marzo en Barcelona), quien representó en Florencia lo que su amigo Sagredo en Venecia: apoyo económico y buen interlocutor científico. Galileo escribió, en su Villa de La Selve, sobre las manchas solares y a él le dedicó su Historia y demostraciones en torno a las manchas solares, publicada en 1613 en Roma bajo los auspicios de la Accademia dei Lincei. Salviati fue también el nombre que dará a su alter-ego en su obra más polémica. Sus amigos de la Accademia le buscan un sucesor y un pintor que pueda hacer un retrato. Curiosamente, Salviati escribió el 13 de enero su última carta a Galileo comunicándole su viaje a España y presentándole a un filósofo de “los nuestros” (B. Baliani), el mismo que posteriormente escribe a Galileo poniendo en valor su método: “probado con demostraciones geométricas muy sutiles, sin las cuales la filosofía no se merece el nombre de ciencia, sino de opinión”.
Es el 21 de diciembre cuando se vislumbra que sus enemigos no están parados. Ese día, el joven dominico Tommaso Caccini (del mismo convento que Niccoló Lorini), en un sermón de la cuarta semana de Adviento, aprovechó el comentario del “milagro del Sol” de Josué para, desde el púlpito de la iglesia de Santa María Novella de Florencia, denunciar el sistema copernicano como contrario a las Escrituras, denigrar a los matemáticos en general y a los galileanos en particular. Aunque bien es verdad que no mencionó al astrónomo sino a los “galileanos”. No era la primera vez que el tal Tommaso jugaba al sensacionalismo -cuenta Drake- pues ya había sido reprendido por una intervención poco prudente desde un púlpito en Bolonia.    
De ello tiene noticia Galileo por una carta de Castelli del 31 de diciembre. Le comenta que hasta al padre Lorini le ha parecido un exceso el ataque de Tommaso. Castelli se queja también de lo difícil que es enseñar matemáticas en Pisa, donde atacarlas se ha convertido en un carnaval. Lamenta que no siendo capaces de entender “nuestras razones” no sean, al menos, reverentes. Pero sea como sea, le comunica su esperanza en poder revivir “este estudio de las matemáticas, ya casi muerto”. “Pero paciencia, concluye Castelli, estas impertinencias no son ni la primera ni serán las últimas”.
En efecto, no será las última impertinencia, la primera batalla seria contra el copernicanismo acaba de empezar. (Continuará)

(*) El artículo VII está en agosto de 2017

sábado, 21 de julio de 2018

Cuestión de libertad


En la campaña electoral iniciada por el Presidente, hay tres cuestiones que suponen un recorte de libertad. No me embargan las opiniones de sus ministras, son libres de expresarse. Me quiebra, más bien, que las impongan sobre libertades garantizadas por derechos fundamentales, con el añadido de que lo hacen desde el poder. Esto es, el Estado pretende imponer maneras de hacer y de pensar de ideologías concretas en desprecio de derechos fundamentales (=totalitarismo). Dos atentan contra la vida: la ley de eutanasia y la ideología de género. La tercera, que hoy trato, niega el derecho fundamental de los padres como primeros educadores de sus hijos.
No entraré en el cinismo que supone empezar un discurso hablando de diálogo y acabarlo con el anuncio de medidas educativas que no surgen de él, porque no existe tal. No entraré en que la Consejería de Educación advierta que las medidas se pondrán en marcha el curso 2019/20 y no en el 2018/19, lo que prueba la falta de diálogo. Quisiera, más bien, iniciar un debate sobre el hecho de que hay familias que quieren una educación distinta de la que ofrece el centro público que les ha tocado. Familias que contribuyen con sus impuestos a que otras, con la misma o mayor disponibilidad económica, reciban una enseñanza gratuita.
                ¿Porqué el Estado premia a las familias que eligen centros públicos y desprecia la libertad de las otras? Es bueno que “los poderes públicos dispongan de una red de titularidad y gestión pública” que haga efectiva la educación. Pero no puede ser a costa de la libertad. Esta red debe estar limitada por la libertad de los padres y la libertad de oferta de otros colectivos (cooperativas, …). Para estos casos, el Estado debe ser el evaluador y un ítem a tener en cuenta es la demanda (expresión de libertad). Como escribió R. Serrano: “un régimen de escuela única no es más democrático que el de partido único, y una política educativa que no da espacio a la libertad se degrada en paternalismo”.

sábado, 28 de abril de 2018

¿Ensañamiento judicial y tiranía médica?*



                Imagine un hijo con una enfermedad no diagnosticada. Hospitalizado en 2016, lo ve diariamente. Duerme con la placidez de todo niño, presenta buen color y, al quitarle la mascarilla, le abraza y reposa su carita en sus hombros. Tiene ese olor tan característico de la infancia, generador de sueños, que le hace exclamar: ¡pronto estarás en casa!
                Se llama Alfie y, un día, los médicos del Hospital Alder Hey, seguros de que no curará y de que alargan su sufrimiento, deciden quitarle el tratamiento.  Ni usted, ni su familia, observa eso y, con el deseo de que lo vean otros médicos, se opone. ¿Por qué dejarlo morir sin otra opinión médica? Además, no hablan de desconexión, sino de dormirlo (eufemismo) con drogas. No quieren otro Charlie agonizando ¡cinco horas!
                Ante la negativa al traslado, acude a los tribunales. No le dan la razón, e insiste. Tanto Insiste, que le quitan la patria potestad y la otorgan a un juez que ordena desconectarlo. Apela a las Cortes inglesa y Europea, que dan la razón al juez “por el interés del niño”. Así que el juez conoce el interés del niño, al que ha visto un par de veces, mejor que usted. Y, basado en los médicos, impone el luto a su familia.
                Usted se mueve y consigue que dos hospitales de Italia, con casos parecidos, lo acepten.  Pero, siguen sin ceder. Consigue la nacionalidad italiana para el niño, pero vuelven a negar el traslado y ponen fecha de desconexión (eufemismo). Y usted piensa que eso del espacio Schengen sirve para todo menos para cosas importantes. Y si no ha ido a por una “recortá” -como le sugiere su amigo- es porque es buen hombre (buena mujer), aunque para el juez es un fanático. ¡Fanático, porque quiere poner los medios para salvar a su hijo!
                Desconectado el 23 de abril, sigue respirando. Sus padres ayudan con el boca a boca. Asociaciones médicas británicas hablan de tiranía del Hospital, no entienden que dejen a Alfie en “una vía hacia la muerte” en lugar de trasladarlo. Y usted piensa en la depravación y el absurdo de demasiadas instituciones que ejercen un dominio omnipotente sobre la vida de otros. 


(*) Alfie Evans ha fallecido hoy a las 2:30 am. Descanse en paz.

lunes, 26 de marzo de 2018

Cartas desde el aula (I)

Estimado Basilio, me alegró recibir tu carta. Estoy totalmente de acuerdo con lo que escribes. También he observado lo mismo. El alumnado entiende lo que explico y, después, hace bien los ejercicios que propongo, pero al día siguiente presenta las mismas dudas. Sí, las mismas. No sería demasiado grave si sólo sucediera al día siguiente, pero la escena se repite día tras día. Cada mañana van saliendo uno a uno a la pizarra a resolver ejercicios tipo (nada que haya que pensar), les corrijo, les indico que se separen de la pizarra para que adviertan lo esencial del ejercicio y, a la vez, en su conjunto. Me dicen que lo entienden. Pero al día siguiente cometen los mismos errores. Y, como tú, me pregunto, ¿qué está pasando?
                Coincido con tu diagnóstico: no lo trabajan en casa. Evidentemente no es algo nuevo, pues por algo escribió Pascal (¡en el siglo XVII!): “después de habérseme dado el gusto de entender debo tomarme el trabajo de aprender”. Pero sí es nueva esta actitud en cuanto que se ha generalizado. Parece que el alumnado debe entender y aprender en el aula, y sólo en ella. Opinión que comparten muchas de sus familias. Pero a este paso sólo es posible dar unos tres temas por curso y, luego, querrán los padres que sus hijos sean médicos, ingenieros, …
                Como tú, echo de menos el trabajo en casa. Un trabajo de afianzamiento, de adquisición de destrezas, de automatismos, en el que surgen las dificultades que frenan el desarrollo que tan evidente les ha parecido en clase. Son “sus dificultades”, las de cada uno, aquellas que podrán preguntar en el aula para ser resueltas. Porque, por mucho que el profesor les enumere dificultades, ellos, ya sea por distracción o excesiva confianza, no logran retenerlas. Es en casa, en el silencio de la habitación de estudio, mediante un lápiz y un papel, como podrán averiguar sus verdaderas dificultades y, en consecuencia, superarlas con o sin ayuda.
                Basilio, continuaré otro día. Gracias, de nuevo, por tu carta. Como dices, sirve para eso que llaman terapia de grupo. Tú me cuentas y yo te cuento. Pero me gustaría que sirviera también para cambiar lo que no funciona en educación. Un abrazo y feliz día de tu santo (22 de marzo). 

sábado, 17 de marzo de 2018

La nueva tiranía


La nueva tiranía no es otra que la tiranía de lo políticamente correcto. Sus juicios (y prejuicios) se extienden a la sociedad en forma de normas que inicialmente obligan en el ámbito público para acabar imponiéndose en el privado.
Paradójicamente, esta tiranía tiene su inicio en el relativismo. Y de todo tiene el mismo valor se pasa a sólo tiene valor lo mío. Continúa con la manifestación de las “masas”, el número, que recorre las calles de modo físico o virtual. Los medios de comunicación la hacen presente un día sí y otro también. El político de turno ve la “masa” convertida en número de votos. Y, finalmente, un pretendido intelectual sale en su defensa mostrándose como referencia.
¿Qué queda en el camino? La opinión de los otros. Pero, sobre todo, la libertad de muchos. Lamentablemente no es un proceso que afecte sólo a los adultos, sino que la barrida de libertad afecta también a los niños, a los más inocentes. Porque, como bien saben los vascos y los catalanes en el ámbito independentista (que no es el que aquí contemplo), el éxito del invento está en insuflar el cambio desde la escuela, desde la más tierna infancia.
Estos profetas de lo políticamente correcto se propusieron liberar al hombre del autoritarismo y emanciparle de una tradición que consideran opresora, pero nos están imponiendo sus dogmas y lanzando nuevos anatemas. No hay hogueras, pero ya hay pena de cárcel en varios países y comunidades autónomas.
Estimado lector, si observa su proceder, apreciará una eminente obra de ingeniería social (nada científica) que no resuelve nada, tan solo crea discordia, división. Ponga su barba a remojar (si es hombre) o apéese de este tren totalitario si no quiere perder su libertad o que la pierdan sus hijos. Y, como botón de muestra, la asignatura afectivo-sexual que quiere imponer el Gobierno de Castilla La Mancha.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Hoja, de Niggle

En enero de este año que finaliza se cumplió el ciento veinticinco aniversario del nacimiento de John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973), buena excusa para escribir sobre él y su obra (casi no llego). Más aún para aquellos que la disfrutamos.
            Y, puesto a escribir, decido hacerlo sobre una de sus obras menores: Hoja, de Niggle. Un cuento “escrito de un tirón” (Segura) entre 1938 y 1939, aunque publicado en 1945, cuando “soplaban vientos de guerra en Europa y los presagios no parecían muy favorables para Gran Bretaña” (Santoyo-Santamaría). En él parece que Tolkien, temiéndose lo peor, hace un balance simbólico de su vida por medio de la autojustificación de su trabajo literario. Su hija Priscilla lo calificaba como el relato más autobiográfico de la obra de su padre (Pearce). Como también es el más simbólico.
            Ahora bien, la vida de un hombre no puede narrarse sin acompañantes, sin la participación en ella de los otros. La vida es camino de encuentros, es andar en compañía y tiene también sus despedidas. Por eso, este relato, contra lo que puede sugerir el título, no trata sólo sobre Niggle (pintor por vocación) sino también sobre su vecino Parish (que cuando miraba los cuadros de Niggle sólo veía manchas verdes y grises, y líneas negras que se le antojaban sin sentido). Niggle es el protagonista, pero todos tenemos algo de Parish.
            Y si comento este cuento es porque me llamó la atención su aplicabilidad a la vida real. Daba pie para reflexionar sobre el aprovechamiento del tiempo, sobre la manera de realizar un trabajo bien hecho, sobre la necesidad de interesarse por los demás, sobre la eficacia del olvido de sí y, como colofón, abría las puertas a la esperanza en una vida eterna gozosa. ¡Casi nada!

¿Quién es Niggle?
Tolkien describe a Niggle como un pintor de segunda fila, un pobre hombre o un hombrecillo de lo más común, y bastante simple, aunque la narración muestra que no es del todo así. Porque, a pesar de su autor, Niggle no deja de ser un artista, un creador y, en este sentido, se aleja del común de los mortales. Otra cosa es que no desarrolle su don al cien por cien. Pero, lo cierto es que su idea creativa, su intento por pintar un árbol completo, con todas las hojas de un mismo estilo y todas distintas, no le abandonará.
Niggle refleja al hombre (o a la mujer; aunque en este caso sea un hombre) consciente de su singularidad, que no se siente uno más, y cuya personalidad debe quedar expresada, fijada, a la vez que valorada. Es alguien con el convencimiento íntimo de ser capaz de crear algo original que sólo él puede llevar a término. Alguien que quiere dejar para la posteridad algo de su don. Y en este sentido creo que Niggle somos todos, aunque algunos no sean conscientes de ello.

Un ideal que no encaja
Frente a este ideal (llamemos así a su interés por desarrollar su don) se alzaban varios obstáculos. Por un lado, el desconocimiento público de lo que Niggle llevaba entre manos (Desde luego, pocos tenían noticia de su cuadro) y, como consecuencia, la ausencia de toda valoración ajena (pero aunque lo hubiesen sabido, tampoco habría mucha diferencia. Dudo que hubieran pensado que era muy importante). Esto es, la única fuerza con la que cuenta es la interior. Su empeño íntimo es su único carburante.
No obstante su entusiasmo, su debilidad radica en esa ausencia de valoración. Habría deseado tener algún amigo que le orientase, alguien que le diera unas palmaditas a la espalda y que le dijera: ¡Realmente magnífico! Para mí está muy claro lo que te propones. Adelante, y no te preocupes por nada más. Es la soledad del artista, pero es también la soledad propiciada por una sociedad regulada hasta el extremo por normas frías (porque lo dicta la ley) y con intereses sólo materiales (mientras él contemplaba su cuadro con emoción, los otros veían tan solo cantidad de materiales: lienzo, madera, pintura impermeable para reparar las casas vecinas porque primero son las casa, la ley es la ley).
En efecto, Tolkien enmarca el cuento en algún país con leyes bastante estrictas. Referidas algunas al deber de ayudar a los demás, lo que denota una humanidad que sólo piensa en el prójimo por obligación. En el caso de Niggle no era exactamente por obligación, sino porque se sentía incómodo si no lo hacía. Pero le hubiera gustado tener más carácter para que no le afectasen los problemas de los demás. Ayudaba, pero ello no era óbice de que gruñese, perdiera la paciencia y maldijese (la mayor parte de las veces por lo bajo).
Tengo la impresión de que se trata de una sociedad puritana, sin la alegría de hacer las cosas con amor y por Amor. Semejante archipiélago de individuos estresados por el formalismo de las normas me recuerda “La teoría sueca del amor”.

La brevedad del tiempo
Otro obstáculo sale a su paso: el tiempo. Y es aquí donde Tolkien logra que el simbolismo alcance de lleno la realidad. Lo afirma desde el principio, un pobre hombre llamado Niggle que tenía que hacer un largo viaje.  Un viaje que le resultaba enojoso, pero que no estaba en su mano evitarlo. Sabía que en cualquier momento tendría que ponerse en camino. ¿Les suena? Sí, no lo duden, se trata de la muerte, el viaje que todos emprenderemos algún día. Ese del que no se habla y que olvidamos preparar, como Niggle, que no apresuraba los preparativos para su viaje. Y también a él le llega el momento: Vamos. Y, como nunca terminó de prepararse para el viaje, su reacción: ¡Dios mío!, dijo el pobre Niggle, echándose a llorar. Y, es que, se fue con lo puesto.
Pero lo que más le dolía, lo que le hizo llorar, no fue la partida sino dejar el cuadro sin acabar: ni siquiera está terminado, exclamó. Nada más real. La inoportunidad de la muerte ante lo que queda todavía por hacer. Mayor dolor para aquel que se va sin ver cumplido su ideal, más aún si considera que tiene en ello algo de culpa.
¿Por qué Niggle no logró acabar el cuadro?
Varias razones aparecen explícitas: algunas veces se sentía un poco perezoso y no hacía nada. Pereza. Cuando se ponía a pintar, se veía interrumpido de forma casi continua. Las obligaciones sociales. ¡Maldita sea!, hoy se acabó el trabajo para mí. Pérdida de paz. Intentó subirse a la escalera (el cuadro era muy grande), pero la cabeza se le iba. Enfermedad. Aquel día no había hojas en su imaginación ni vislumbres de montañas. Falta de inspiración, desánimo.   
Y no es que no advirtiera la falta de tiempo o la necesidad que tenía de aprovecharlo. Era muy consciente de que necesitaba concentrarse, trabajar, un trabajo serio e ininterrumpido, si quería terminar el cuadro. Por eso se decía que cueste lo que cueste, acabaré este cuadro, mi obra maestra, antes de que me vea obligado a emprender ese maldito viaje. Pero era como ese hombre con un ideal que la vida cotidiana ahoga constantemente: tenía otras muchas cosas que atender.
Pero seamos benévolos con Niggle. No era un ingenuo. Sabía que no podría acabar el cuadro de una manera definitiva, que había algunos puntos dónde sólo tendría tiempo para esbozar lo que pretendía. Tampoco se consideraba un pintor de primera. Además, cuando no podía evitar las cosas que tenía que atender, ponía en ellas todo su empeño. Es cierto que descuidó lo material (el huerto parecía bastante descuidado), pero no así a las personas (respondió a muchísimas llamadas).

Un trabajo bien hecho
            Ya dije que Niggle era un pintor por vocación, un artista, un creador. No se limitaba a replicar tornillos y tuercas sino que creaba arte, intentaba mostrar el modo real de las cosas. En consecuencia, su trabajo no puede ser valorado por su exactitud o su utilidad práctica. Ni siquiera por haberlo finalizado a tiempo. Porque el hecho de que su cuadro se hubiera ampliado tanto que tuvo que echar mano de una escalera no era sino consecuencia del arte, que “enseña que esta vida nunca es suficiente” (Segura).
            No obstante, en ese cuadro que había comenzado con una hoja arrastrada por el viento que se convirtió en árbol que dio numerosas ramas a las que llegaron extraños pájaros que hubo que atenderlos, para que después creciera un paisaje alrededor y entre los espacios que dejaban las hojas y las ramas, con un bosque, tierras de labor y montañas coronadas de nieve, en ese cuadro inacabado -digo- había algo que sí me atrevo a valorar como trabajo bien hecho: las hojas.
            Niggle solía pararse infinidad de tiempo con una sola hoja, intentando captar su forma, su brillo y los reflejos del rocío en sus bordes. Como dice un personaje del cuento: una hoja pintada por Niggle posee un encanto propio. Pintadas con amor: se tomó mucho trabajo con las hojas, y sólo por cariño. Desinteresadamente: nunca creyó que aquello fuera a hacerlo importante. Sin que le sirvieran de excusa por desatender otras cosas: ni siquiera ante sí mismo pretendió excusar con esto su olvido de las leyes.
            Al poco de partir Niggle, la mayor parte de su lienzo se echó a perder, sólo quedó un retazo que contenía una preciosa hoja que había permanecido intacta. Debía ser hermosa, pues uno de los personajes que más le aborrecía la hizo enmarcar y luego la donó al Museo Municipal. Fue expuesta con el título “Hoja, de Niggle”. Trabajo bien hecho. Cada hombre, cada mujer, tiene también su “hoja”. ¡Si hiciéramos bien, al menos, nuestra “hoja”!

Continuaremos desde donde partimos
            Entramos en la última parte del cuento, la más simbólica. Hasta ahora ha sido un cuento anómalo sin esa felicidad y armonía con la que suelen empezar. Desde su inicio hemos asistido inquietos a la agonía de Niggle, turbados por el desprecio que suscita, tanto por lo que es (un pobre estúpido) como por lo que hace (un inútil. Sin ningún valor para la sociedad). Pero el desenlace le devuelve su identidad como cuento. Y, como ha sido una analogía simbólica de la vida real, su final no puede ser otro que el inspirado por la fe de su autor, cristiano católico desde los ocho años. Así que no podía acabar de otra forma: y siguió al pastor. Trasunto de ese Salmo 23 que tantas veces repetiría Tolkien: “El señor es mi pastor … me conduce hacia fuentes tranquilas … nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan”.
            Pero tendrán que leerlo ustedes, no les desentrañaré el final, sólo necesitaba escribir lo anterior para que, cuando lo lean, compartan conmigo esa idea (“porque nadie vió ni oyó lo que el Padre Dios tiene preparado para los que le aman”) tan católica de que nuestra vida en el Cielo será el culmen de lo que iniciamos en la tierra.

            ¿Y Parish?, me dirán, ¿qué hay de Parish? Es verdad que lo mencioné al principio y que, sin embargo, no he escrito nada más sobre él. Sólo les diré que hay un tren con el nombre “Niggle-Parish” y que, cuando se lo comunicaron a ellos, se rieron. Se rieron, y las Montañas resonaron con su risa.