sábado, 13 de junio de 2026

El corazón, desde la encíclica “Dilexit nos”

 


 

Siempre he guardado prevención ante la afirmación “haz lo que te dicte tu corazón”, quizás porque los que la pronunciaban estaban faltos de doctrina, reduciendo el amor a mero sentimentalismo. Y sin advertirlo estaba identificando amor con corazón. O, más bien, amor desordenado, en el que el afecto prima sobre la inteligencia y la voluntad, con corazón. Lamentablemente, estaba degradando el corazón. Quizás, en algún caso concreto, no iba descaminado al interpretar a mi interlocutor, pero erraba al generalizar.

Además, la afirmación tiene entraña evangélica, ya desde el Antiguo Testamento, y no podía ser obviada. Los Salmos están llenos de referencias al corazón, también san Pablo dice que “cada uno actúe según determinó su corazón” (2Cor 9,7), y Jesucristo lo menciona muchas veces, como cuando dice a los fariseos “porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12, 34b). En consecuencia, era una simpleza despachar sin más lo que viene del corazón.

Podía justificarme diciendo que la desvalorización del corazón viene de lejos: se encuentra ya en el racionalismo griego y precristiano, en el idealismo postcristiano y en el materialismo en sus diversas formas. De hecho, el corazón no ha tenido un lugar propio en el gran pensamiento filosófico; siempre ha colocado a la razón, la voluntad o la libertad por encima del corazón. Como si la noción de corazón le resultara extraña.

Ahora bien, en lugar de averiguar las razones de esta actitud de los filósofos, preferí centrarme en conocer el corazón, lo que se decía de él. Después de algunas lecturas, conseguí clarificarme al leer “El corazón” de Dietrich Von Hildebrand. Allí se desmenuzan los motivos por los que Corazón de Jesús es objeto de una devoción especial, y no su entendimiento ni su voluntad. Centrado ya en el Corazón de Cristo, volví a leer las homilías de san Josemaría sobre el Sagrado Corazón y el Cuerpo de Cristo. Pasé así del “corazón” al Sagrado Corazón, lo que acentuó mi error de partida, a la vez que lo reconducía. Llegando a la encíclica “Dilexit nos” (Nos amó) del Papa Francisco, en la que como sucesor de Pedro devuelve a la actualidad un camino insinuado por Dios Padre Creador desde hace siglos: la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

 

El corazón

                Para entender correctamente el significado de expresiones tales como “habla desde el corazón”, “actúa con corazón” o “escucha a tu corazón”, es necesario saber qué hay en él.

                Anatómicamente, el corazón es un músculo vital. Situado en el centro del cuerpo, su buen funcionamiento es vida. Análogamente, como el ser humano es un mundo anímico corpóreo, hay algo que da sentido y orientación a todo lo que vive la persona. Algo que está en su centro, no material, que anima y unifica todo, al que también llamamos corazón. Y a él nos referimos cuando decimos “habla desde el corazón” o “actúa con corazón”.

                El corazón del que hablamos es pues “como el resumen y la fuente, la expresión y el fondo último de los pensamientos, de las palabras, de las acciones”. “No sólo siente, sino que también sabe y entiende”. La realidad captada con el corazón es la que se conoce mejor y más plenamente. Por eso, las preguntas decisivas de la vida nos llevan a él.

Es el lugar de la sinceridad, al que no se puede engañar ni disimular. En él no hay apariencia o mentira, todo es auténtico, real, enteramente “propio”. En él somos nosotros mismos. En él se hallan las verdaderas intenciones, lo que uno realmente piensa, cree y quiere, los “secretos” que a nadie dice y, en definitiva, la propia verdad desnuda.

Además, es el que unifica y armoniza la historia personal. A igual que María, que “guardaba cuidadosamente todo en el corazón” (Lc 2,51), el corazón conserva no sólo “la escena” que ve, sino también lo que no entiende todavía y aun así permanece presente y vivo, en la espera de unirlo todo.

Por último, también “es el corazón el que crea las posibilidades de encuentro. Por el corazón estoy yo al lado del otro y otro está cerca de mí. Sólo el corazón puede acoger y dar un hogar” (Guardini). Es, por tanto, origen de fraternidad, creador de sociedad humana. Y el lugar donde Cristo coloca el celo apostólico.

Como se ve, no todos los” asuntos del corazón” están relacionados con la afectividad, aunque sí con el amor, como veremos. Porque para amar bien se necesita un corazón grande, en el sentido de “manso y humilde”, como el de Jesús (Mt 11,29).

 

Recuperar el corazón

Visto el papel del corazón, su riqueza potencial, se entiende que el Concilio Vaticano II invitara a volver al corazón, a recuperarlo. En él se afirma que «los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano».

Juan Pablo II, ante los modelos de comportamiento difundidos en la sociedad actual que tan solo aúpan su dimensión racional-tecnológica o, por el contrario, su dimensión instintiva, veía al hombre contemporáneo «trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar». Y advertía al ser humano sobre el riesgo que corría «de perder su centro, el centro de sí mismo». 

El Papa Francisco, sorprendido porque lo más íntimo fuera también lo más lejano a nuestro conocimiento, habla de falta de corazón, y anima a madurarlo y cuidarlo, calificando de “anti-corazón” a una sociedad cada vez más dominada por el narcisismo y la autorreferencia.

Sin el corazón, perdemos las respuestas que la sola inteligencia no puede dar, porque para salvar lo humano también se necesita la poesía y el amor.  Todos esos pequeños detalles, lo ordinario-extraordinario, que nunca podrán estar entre los algoritmos.

Perdemos la historia y nuestras historias, porque la verdadera aventura personal es la que se construye desde el corazón. Ese momento de la infancia que se recuerda con ternura y que, aunque pasen los años, sigue ocurriendo en cada rincón del planeta.

De hecho, los algoritmos del mundo digital muestran que nuestros pensamientos y lo que decide la voluntad son bastante “estándar”. Son fácilmente predecibles y manipulables. No así el corazón.

Por eso, sigue diciendo el Papa Francisco, necesitamos que todas las acciones se pongan bajo el “dominio político” del corazón. Que la inteligencia se ponga a su servicio sintiendo y gustando las verdades más que queriendo dominarlas; que la voluntad desee el bien mayor que el corazón conoce; que la imaginación y los sentimientos se dejen moderar por el latido del corazón.

Pero, ojo, esto no significa confiar excesivamente en nosotros mismos. Tengamos cuidado: advirtamos que nuestro corazón no es autosuficiente; es frágil y está herido. Tiene una dignidad ontológica, pero al mismo tiempo debe buscar una vida más digna. Y para vivir conforme a esa dignidad no nos basta conocer el Evangelio ni cumplir mecánicamente lo que nos manda. Necesitamos el auxilio del amor divino.

Dios, escrutador de corazones, aguarda al hombre en el interior de su corazón; así, bajo su mirada, el hombre decide su propio destino. Y estar a la altura de su Presencia es lo único que puede ayudarnos a decidir bien. Con el corazón centrado en Él, todas las impresiones externas encuentran donde agarrarse.

 

Del amor de Jesucristo.

Gracias a Jesús «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído» en ese amor (1 Jn 4,16). De hecho, «la revelación del amor misericordioso del Padre ha constituido el núcleo central de la misión mesiánica del Hijo del Hombre». Por medio de la gracia del Espíritu Santo, el amor de Dios Hijo manifiesta el amor de Dios Padre. Cristo clavado en la cruz es la palabra de amor más elocuente. «En esto conocemos el amor, en que él dio su vida por nosotros» (1 Jn 3,16).

Sin embargo, cuando san Pablo buscaba las palabras justas para explicar su relación con Cristo, y esta es una idea que quería resaltar de la encíclica, dijo: «Me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Fíjate que primero escribe “me amó” y luego “se entregó por mí”, como si su mayor convicción fuera saberse amado. La entrega de Cristo en la cruz lo subyugaba, pero sólo tenía sentido porque había algo más grande todavía que esa entrega: «Me amó». Pablo, tocado por el Espíritu, fue capaz de mirar más allá y de maravillarse por lo más grande y fundamental: «Me amó». Con un amor del que nada «podrá separarnos» (Rom 8,39) pues «el amor viene de Dios» (1 Jn 4,7). Y si nosotros somos capaces de amar es «porque Él nos amó primero» (1 Jn 4, 19).

 

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Como vemos, Jesús nos precede y nos espera sin condiciones, sin exigir un requisito previo para poder amarnos y proponernos su amistad: «nos amó primero» (1 Jn 4,10). Y los hombres, tan necesitados de apoyo material, buscamos ese amor en su corazón, su centro personal, visible a través de la llaga abierta en su costado por la lanzada.  

Así comienza la devoción al Corazón de Cristo que no es el culto a un órgano separado de la persona de Jesús. Se toma al corazón de carne como imagen o signo privilegiado del centro más íntimo del Hijo, «símbolo natural de su inmensa caridad». Pero no lo adoramos aisladamente, sino que cualquier acto de amor o adoración a su Corazón en realidad «se ofrece propia y verdaderamente al mismo Cristo». No nos separa o distrae de Jesucristo y de su amor, sino que nos orienta a él y sólo a él, que nos llama a una preciosa amistad hecha de diálogo, afecto, confianza y adoración.

Ante la imagen de su corazón de carne entendemos que su amor como Hijo de Dios es inseparable de su amor humano. Mirando su corazón nos situamos frente a Cristo y, ante él, «el amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio». No se necesita una devoción más abstracta o estilizada. Esta espiritualidad práctica, fruto de la religiosidad popular, revela a un Dios que se hace cercano, y alimenta la imaginación y el corazón, el amor y la ternura para con Cristo, la esperanza y la memoria, el deseo y la nostalgia.

La imagen del Corazón del Señor deslumbra porque contiene un triple amor: el amor divino infinito, el amor espiritual de su humanidad símbolo infundido en su alma por su ardiente caridad y, finalmente, su amor sensible. Estos tres amores actúan y se expresan juntos y en un constante flujo de vida.

Pero es «a la luz de la fe -en Cristo están unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina- como nuestra mente se torna idónea para concebir los estrechísimos vínculos que existen entre el amor sensible del corazón físico de Jesús y su doble amor espiritual, el humano y el divino». O, con otras palabras, llegando a lo más íntimo de ese Corazón, y precisamente en su amor humano, y no apartándonos de él, encontramos su amor divino; encontramos «lo infinito en lo finito», en expresión de Benedicto XVI.

Concluimos entonces que ante el Corazón de Cristo «la actitud más adecuada es depositar la confianza del corazón fuera de nosotros mismos: en la infinita misericordia de un Dios que ama sin límites y que lo ha dado todo en la Cruz de Jesucristo».

Por eso la oración más popular, dirigida como un dardo al Corazón de Cristo, dice simplemente: «En Ti confío». Dios nos ama y la única respuesta del hombre es: «En Ti confío». No hacen falta más palabras. Tampoco es nada nuevo, ya lo profetizó Jeremías: “Dichoso el hombre que confía en el Señor, y pone su confianza en él” (Jer 17,7).

 

Un propósito práctico

                No quiero acabar sin mencionar un modo concreto de reparar al Corazón de Jesús que va más allá del mero consuelo, y que el Papa Francisco explica muy bien. Se trata de la “reparación” entendida como liberar los obstáculos que ponemos a la expansión de Cristo en el mundo. Permitir que se difunda el amor infinito del Señor, porque eso le hace feliz.

                Quiere esto decir, que no basta con dejar entrar la belleza del Corazón de Cristo en nuestro corazón a través de una confianza total, sino que también debemos hacerla llegar a través de nuestra propia vida a los demás y, así, transformar el mundo. Que debemos descubrir la dimensión misionera de nuestro amor al Corazón de Cristo. Comunicar a todos los inagotables tesoros de Cristo.


domingo, 31 de mayo de 2026

Adviento en la montaña

 


             Sé muy poco de la vida de Benedikt. ¿Quién es Benedikt? El protagonista del relato Adviento en la montaña, de Gunnar Gunnarsson (1889-1975). Y, sin embargo, me resulta atractivo. Ha bastado conocer su aventura para calificarlo como hombre ejemplar. No vayan a pensar que existió realmente, es tan solo un personaje de ficción. Pero el autor lo describe tan comprometido con la vida que es difícil no admirarlo.

Cuando pienso en él, me ronda la palabra héroe. También las palabras fortaleza, templanza, prudencia y justicia. Es un héroe por las virtudes que atesora. Reconozco, no obstante, que es un hombre solitario, parco en palabras, pero generoso, educado y correcto. Precavido, paciente y metódico. Pero es, sencillamente, un hombre. Desde luego que cada uno es como es, y no pretendo ponerlo como modelo, me bastaría con que admitan que es un ejemplo de trabajador responsable, esforzado y silencioso.  

¿Su oficio? Es granjero.  Un granjero de Islandia que, cada año, se pone en camino el primer Domingo de Adviento atraído por una obligación de conciencia: rescatar las ovejas perdidas y dispersas en la montaña helada antes de que perezcan cubiertas de nieve. “Tormentas, nieve y camino al raso”, así cantará nuestro héroe. Y en su interior resonará la presencia del tiempo litúrgico, con sus fiestas, como la de la Inmaculada.

He dicho que es un hombre solitario, lo dije porque sin persona alguna intentará llevar a cabo su misión. ¿La cumplirá? No quiero hacer espóiler. Pero tiene compañía, va acompañado de un perro, León, el papa de los perros, como él le llama, y Recio, el carnero manso capaz de guiar un rebaño. Juntos, recorrerán granjas dispersas y medio sumergidas en la nieve hasta llegar a la montaña, a su glaciar. Entre medias, con una temperatura de treinta grados bajo cero, mostrará una determinada determinación de cumplir su misión siendo, incluso, capaz de compatibilizarla con algunos servicios particulares solicitados por los granjeros que va encontrando en su camino.

No es de extrañar, pues, que algunos hijos de esos granjeros deseen imitarle. Pero ¿volverán a verle? Lleva veintisiete años realizando este trabajo, tiene ahora cincuentaicuatro, es ya mayor, dicen. “Veintisiete veces había caminado de granja en granja hasta los confines de lo habitado en el primer Domingo de Adviento”. Y aún seguía contemplando “con la vista aquellas tierras y las grababa en su corazón”. Ya sus sueños de los primeros años quedaban lejanos, “aquellos sueños que sólo él y Dios conocían”.  

En fin, es la historia de un hombre con los pies en la tierra, una tierra cubierta de nieve, y la cabeza en el Cielo. ¿Verdad que no se ven muchos de ellos a nuestro alrededor?