domingo, 7 de noviembre de 2021

Generaciones que sabrán menos que sus padres

 

 

                Se dice que las nuevas generaciones serán las primeras que vivan peor que sus padres. Esto mismo le preguntó, por WhatsApp, Ana Iris Simón a su padre. Le escribía que si consideraba que ella vivía peor que ellos a su edad. A lo que su padre le contestó que “no dijera gilipolleces”. Así lo cuenta Ana Iris en su libro autobiográfico Feria, libro revelación de esta joven manchega (Campo de Criptana, 1991) en el que se hace un retrato magnífico de la sociedad actual, a la vez que se exalta el valor de la familia, la de siempre, la que un 95% hemos conocido y a la que un 5% se quiere cargar.

                No sé quién lleva razón, si el padre de Ana Iris o lo que se dice. Pero de lo que estoy convencido es que las nuevas generaciones serán las primeras que sepan menos que sus padres. Y en esto coincido con mi amigo Vidal, además de en otras cosas. Ahora bien, no señalaré como causa a estas generaciones. No, al menos, como causa primera. Más bien, señalaré a sus mayores y, en especial, a mi quinta y a las siguientes.

Podemos excusarnos con eso de la “presión social”, pero lo cierto es que olvidamos enseñar que “el saber no ocupa lugar”, que “no hay tiempo para todo”, que hay que escoger, que “si cuidas el orden, el orden te cuidará”, que el esfuerzo es el principio de la virtud, que la formación es autoformación y, por tanto, exigencia y disciplina, que “la confianza da asco”, que la educación en las formas ayuda a convivir, que el respeto es exigible de cara a los mayores y a la autoridad, que no todo vale, que no siempre se trabaja en lo que a uno le gusta, que “no hay mal que por bien no venga”, que la vida no es diversión continua y que la felicidad no depende tanto de lo material como de la interioridad, de conocer el sentido de la vida y de redirigir el rumbo cuando se ha perdido.

Más aún, hemos olvidado enseñar aquello que nos ayudó a seguir hasta donde ahora nos encontramos. Quizás porque no lo hemos sabido discernir, quizás porque pusimos en ello tanta confianza que ahora nos parece engañoso. “E igual -escribirá Ana Iris- ahí está la clave”, que lo que tuvimos claro y ahora nos parece engañoso no lo es tanto. Cada uno sabe.

Ciertamente que las leyes educativas no ayudan, que la enseñanza desciende como por un plano inclinado, que la memoria y los conocimientos han sido ridiculizados. Pero, al decir de la filósofa Edith Stein, “en la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos”. También los sabios, también. Que no es la esperanza lo que parezco haber perdido, sino que es la realidad lo que me duele. La realidad de nuestra contribución al deterioro del conocimiento.

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