miércoles, 8 de agosto de 2012

La clase política (07-08-2012)


El verano es tiempo de reencuentros, conversaciones y tertulias con gente que vemos de año en año y, al final, por mucho que lo posterguemos, siempre acabamos hablando de la crisis. Nos reunimos funcionarios, autónomos, empleados, empresarios, amigos y familiares que tienen suficientes cosas para contar, pero siempre acabamos hablando de la crisis. Y, en algún momento, cuando ya parece que se ha dicho todo, todavía queda hablar de la clase política. Con ella, la conversación se eleva de tono. Cada cual pone ejemplos de políticos de su tierra, cuyo currículum es más bien un “ridículum”, provocando exclamaciones entre los oyentes. Por fin, alguien dice que “todos son iguales”, se queda tan ancho y reconduce la conversación por otros derroteros.
No creo que todos los políticos sean iguales, ni tampoco que ellos tengan la culpa de todo lo que está pasando. Los hay ineptos, pero también los hay preparados. Y aunque es opinión común que abundan más los primeros, siempre queda la duda. Pero aun cuando fueran minoría, la pregunta es ¿por qué? ¿Por qué esa gente llega a ocupar cargos de responsabilidad? ¿Qué méritos los avalan? ¿Cómo llegan ahí?
Pero no es sólo la falta de calidad profesional y humana lo que se achaca a los políticos, es también su número, su sueldo, su cohorte de asesores y algunos de los derechos que adquieren cuando se retiran de sus funciones. Sin embargo, yo no lo tengo todo tan claro. Es cierto que Fulanito, Menganito y Zutanita no dan la talla, pero hay dos motivos por los que no se debe extender los errores de esos políticos a toda la clase política (lamento lo de “clase”). El primero es que no responde a la verdad. El segundo tiene que ver con el propio sistema democrático en cuanto son representantes del pueblo. Menoscabar de manera general la condición de político es, en el mejor de los casos, ahuyentar de ese oficio a aquellos que podrían hacerlo bien dejando campo abierto a los ineptos. Y es, en el peor de los casos, abogar por la desaparición de los mismos y, en consecuencia, por la destrucción del sistema democrático. Ahora bien, aunque destruir la democracia siempre es posible, no hay forma de hacer desaparecer a los políticos, estos siempre volverían aunque fuera bajo el sobrenombre de “indignados” o “perros flauta” y esto sería peor.
Conocí a un hombre mayor que ocupó altos cargos con la UCD. Se asombraba de que muchos de los políticos actuales no tuvieran otro oficio o beneficio que la propia condición de político. “Cuando perdimos las elecciones, dijo, todos volvimos al trabajo anterior porque todos teníamos una profesión”. Afirmó también que no había asesores en la Administración. Esto es, se pueden hacer las cosas de otra forma. Y esto es lo que está pidiendo la sociedad a su clase política, que se hagan las cosas de otro modo.
No quiero descender a detalles porque el espacio de que dispongo no da para más. Es evidente que tiene que descender el número de políticos y esto afecta al Estado de las Autonomías y a las mal llamadas empresas públicas, que no son más que empresas de enchufados que realizan de manera paralela las tareas que ya tiene otorgadas la Administración. Tampoco es normal el sueldo de algunos que hasta duplican con las dietas. No entiendo que, por ejemplo, se les compre un iPad a cada parlamentario, cuando cobran lo suficiente para comprase diez al mes y todavía les sobran dosmil euros. No entiendo que con un sueldo tan grande todo se les de gratis. Ni por qué necesitan tantos asesores. El número de asesores por político es directamente proporcional a su ineptitud para el cargo que desempeña. ¿Es que la Administración no tiene técnicos superiores y medios?
Con todo, hay algo que sí que entiendo, la necesidad de los políticos, de los buenos políticos. Gente capaz de arriesgar su cómoda situación profesional para servir a la nación. De dejar temporalmente su floreciente trabajo para servir al bien común. Capaz de pasar por alto la envidia de los que no siendo capaces de arriesgar nada son los más críticos con ellos.
Entiendo también que hay que cambiar el sistema de votación, que eso de la Partidocracia no es bueno y que esas escuelas de políticos, jóvenes de este u otro partido que nunca conocerán las situaciones por las que atraviesa el hombre de la calle, son reminiscencias totalitarias que pretenden la longevidad en el poder, cuando lo auténtico del político es -además de la representación popular- la condición temporal del encargo recibido. 

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